Victoriano segura (1941) -9

A poco un enorme clamoreo subio de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron, aunque de manera dispersa, como con miedo. Victoriano Segura habia aparecido en el balcon con la anciana en los brazos. Pero parecia muy tarde, porque, favorecidas por una ligera brisa, las llamas avanzaban y cubrian todo el sitio. El espacio que el hombre tenia que recorrer seria de tres varas solamente; mas en esas tres varas dominaba ya el fuego; y ademas, no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. Colocarse de espaldas al fuego, —Alla va! —dijo estentoreamente.
Y solto a la anciana, a quien los otros recibieron en un tumulto. Un segundo despues, con la agilidad de un enorme gato, Victoriano se tiro. A seguidas crujio el resto del balcon, y levantando un sordo estrepito cayo a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. La gente se distrajo viendo esa caida y esas chispas, razon por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura habia corrido por el techo de la casa de don Julio y habia saltado despues a la calle. Ya alii, imponiendose con su dura mirada y su gran tamano, pidio paso y se lo dieron. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con el, era tarde. Confusamente, se habia oido el golpe de su puerta.
Durante todo el dia de Ano Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que habia sido la mejor construccion en la pequena calle. Hombres y muchachos, y hasta alguna mujer, hacian grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. De rato en rato un muchacho senalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decia:
—Mire, el vive ahi.
Pero nadie vio a Victoriano ese dia. Y como tampoco se le vio salir al siguiente, unos cuantos vecinos, encabezados por Jose Abud, fueron a visitarlo. A las llamadas en la puerta salio la mujer, pero no abrio del todo, sino solo un poco.
—Que desean? —pregunto.
Con su graciosa tartamudez, don Tancredo Rojas comenzo a tratar de decir que todos ellos querian saludar al “he … roe, he … roe, he … roe de, de, de ..
Pero la mujer no deseaba oir mas. Se habia puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algun espiritu maligno pudiera abrirla del todo.
—Ay, senores … Miren, el no esta aqrn —dijo—. Mejor vayanse. El no quiere que venga gente a la casa. Perdonenme, senores… Pero vayanse.
El grupo cambio miradas.
—Pero … pero … pero … —comenzo a decir don Tancredo, mientras hacia moverse de un lado a otro la empunadura de su baston, cuya puntera habia clavado en tierra.
—No, senor… Mire …

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