Victoriano segura (1941) -7

Cinco minutos no son nada; y nadie puede en cinco minutos, por muy de prisa que lo haga todo, subir a una casa, sacar de su lecho a una anciana paralitica y conducirla a la calle, aunque la casa no este ardiendo. Ahora bien, el fuego es un elemento muy veloz; es incle- mente, salvaje, y su entrana maligna esta fuera del tiempo. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre; y asi, cinco minutos, que no son nada para salvar una vida, resulta un largo tiempo para perderla. Tal vez nadie penso esoaquella noche de San Silvestre, mientras la casa de Jose Abud ardia; pero es indudable que todos lo sintieron. Para el expectante vecinda- rio, una vez transcurridos cinco minutos podian darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. Es probable, sin embar-go, que todavia hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma, sino buscando el sitio donde Jose Abud guardaba su dinero; y para las personas que tenian esa sospe- cha, de momento apareceria Victoriano en el balcon y daria un salto o haria algo diabolico; desapareceria a los ojos de todos con la fortuna de Abud.
Por el extremo este, el balcon comenzo a arder. Una llamarada surgio, con inteligente y demoniaca maldad, sobre el seto del alto, hacia el lado de alia; envolvio y parecio acariciar la balaustrada; la lamio y en un instante la hizo arder.
Si el balcon cogia fuego, ique iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse mas altas, los ayes de las mujeres, mas frecuentes. Habia llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir, lo cual indicaba que su probable muerte —la horrible muerte por el fuego— comenzaba a ganarle simpatias. Aunque no habia dudas de que todos pensaban en la vieja paralitica, podia advertirse que sobre ese pensa- miento iba superponiendose, con rasgos cada vez mas fuertes, la imagen de Victoriano Segura. Aquel hombre parecia llamado a pro¬mover en tomo suyo una atmosfera dramatica. Instintivamente la gente volvia la cabeza hacia la casa de Victoriano, en cuya puerta, tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy duena de si misma, sin gritar y sin moverse, se veia a su mujer pequena, bonita, de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecia. Los vecinos de la calle sentian deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido.
De subito se la vio abrir la boca.
—Victoriano! —dijo, y corrio hacia el fuego.

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