Victoriano segura (1941) -5

Victoriano Segura se habia levantado. Debio vestirse muy de prisa, porque tenia la camisa abierta. Esa noche —ipor fin!— no se mantuvo apartado, si bien tampoco se mezclo con la gente. Se paro en la acera de la casa de don Julio Sanchez, que pegaba con la de Jose Abud y era tambien de ladrillos, aunque de una sola planta. Alii, los brazos cruzados sobre el pecho, atento al siniestro, callado, podia versele enrojeciendo y brillando, como un alto y flaco e inmovil muneco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. Al parecer no atendia mas que al subito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas, cuando oyo a Jose exclamar, con voz que parecia llegada de otro mundo:
—jMama, mama esta arriba! jMama se quema!
Entonces, braceando como si nadara, Victoriano Segura avanzo. La gente sintio su presencia. Aquella extraiia mirada suya se convirtio de pronto en la de una fiera; un brillo imponente le alumbro los ojos, y su voz de piedra, esa voz que aterrorizaba al vecindario, baja, fuerte, dura, se impuso al tumulto, a los gritos, a las quejas.
—Donde esta la vieja? Digame donde esta la vieja! —demando mas que pregunto.
La gente se quedo muda. “Este quiere entrar para robar”, pensa- ron muchos. Pero la mujer de Jose Abud, que era joven y estaba desesperada por la tragedia, no penso asi y grito que estaba en su habitacion.
—La ultima de alia, de alia! —explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo y hacia el oriente, esto es, donde mas fuerte debia ser el fuego en tal momento.

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