Victoriano segura (1941) -27

Jacinto Muniz dijo esto en espanol, y a seguidas se tiro de rodillas, las manos juntas, temblando, empavorecido. Toda esa no- che era pavorosa, toda aquella inmensidad solitaria aterrorizaba, toda ladulce luz de la luna era un espanto. El mismo oyo su voz como saliendo de otra parte.
-No me mates, hermanito! ;Te doy la corona, hermanito; toma la corona!
Asi, de rodillas como estaba, y con Manuel Sicuri ya a veinte metros de distancia, metio la mano en el pecho y saco de el algo brillante, rutilante. Era la corona de la Virgen, la que habia robado. La joya destello, y cuando Jacinto Muniz la lanzo fue como un pedazo de luna cayendo, rodando, saltando por la puna. Pero Manuel Sicuri no se detuvo a cogerla. Entonces el peruano se puso de pie y echo a correr.
Trazando circulos, unas veces hacia el norte y otras hacia el este, yendo ya al sur, ya de nuevo al poniente, ahogandose, loco de terror,
Jacinto Muniz huia. Pero he aqui que a medida que huia aumentaba su pavor; su propia sombra moviendose ante el cuando se dirigia al oestc, le Ilenaba de espanto. El helado viento zumbandole en los oidos contribuia a su miedo. Por encima de ese zumbido oia clara- mcntc las regulares y veloces pisadas de Manuel Sicuri, cuyo tremen- do silencio era el de una fiera.
—Hermanito, no me mates! —clamaba el, volviendo el rostro sin dejar de correr, mas aterrorizado al percatarse de que el indio no llcvaba fusil, sino una hacha.
Pero Manuel Sicuri no contestaba, no decia nada; solo le seguia, le seguia infatigablemente, convertido por las sombras y la luz de la luna en un fantasma tenebroso.

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