Victoriano segura (1941) -26

Manuel Sicuri no habria podido calcular la distancia en terminos nueslros, porquc no los eonocia, pero a eso de las siete y media entre el y cl pemano no liabia dos kilometres de distancia. La solitaria cat ena sc aproximaba, pues, a su fin. HI lo sentia; el veia ya el final, y sin embargo su eorazon no se aprcsuraba. Iba natural y resueltamen- tc a convcrtir su resolution cn heebos, y eso no le excitaba porque el sabia quc asi dcbia succdcr y asi tenia que suceder.
Pero cuando la distancia se acorto mas aun —lo cual era posible porquc Jacinto Muniz iba a paso normal mientras Manuel Sicuri coma al trotc— el prafugo oyo las pisadas de su perseguidor; o quiza no las oyo slno quc intuyo el pcligro. El caso es que se detuvo y miro hacla amis. Por el momcnto no debio ver nada, porque estuvo quicto, sin duda recorricndo con la vista la llanura durante algunos mlnutos. Pero al cabo dc rato algo columbro; una mancha, de la cual salian brillos, marcbaba hacia cl. Que era? Se trataba de alguna llama quc pasiaba a esa bora en la puna? El no era practico, no conocia la vida del alliplano. Podia ser una llama o un hombre; podia ser incluso un animal feroz, un perro perdido o un puma. Lo que se movia avan/aba rapidamente y el lo veia sin distinguirlo. Sintio mlcdo.
—Quien es? —grito en castellano; y al rato pregunto a voces cn aimara quien era.
Pero no le contesto nadie. Su voz se perdio, desolada, traglca mente sola, en aquel desierto enorme. La hermosa luz lunar hacia mas patetica esa voz angustiada.
-Quien es, quien es? —grito de nuevo.
Manuel Sicuri avanzaba, avanzaba sin tregua. El monstruo estaba alii, parado, sin moverse; estaba esperando, tatica Dios lo tenia esperando, clavado a la tierra. Nadie salvaria a ese criminal que habia robado a la Virgen y que habia atropellado a Maria Sisa, a su mujer Maria Sisa, que iba a tener un ninito suyo. Ya estaba a quinientos metros, tal vez a menos. Y Manuel Sicuri que se sentia seguro de que la presa no se le iria, grito entonces, sin dejar de correr:
—Soy yo, Manuel Sicuri, asesino: soy yo que vengo a matarte! Claro, a esa distancia no era posible ver el rostro de Jacinto Muniz, pero Manuel Sicuri podia adivinar como se habia descom- pucsto, pues para que sufriera le habia dicho el quien era, para que padcciera sabiendo que le habia llegado su hora.
Jacinto Muniz quedo confiindido. Penso que lo que llevaba el indio sobre el hombro era un fusil, y en ese caso, <jde que le valia echar a correr? Pero vio que el indio seguia en su trote; distinguia ya su figura, un ente casi fantasmal, azul gracias a la luz de la luna, azul y negro; un ser terrible, una especie de demonio seguro de si, cuyas piernas brillaban; algo indescriptible y sin embargo espantoso, de marcha igual, inexorable, mortal.
—No, no me mates, hermano; hermanito, no me mates!

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