Victoriano segura (1941) -24

Poco a poco, a fuerza de atender a la regularidad de su paso, Manuel Sicuri fue dejando de pensar. Pasada la primera hora de marcha alcanzo a ver su casa: se veia como de humo, perdida en el horizonte y muy pequena. No habia nadie cerca; no se distinguian nilas llamas ni las ovejas ni a Maria. Tal vez nada habia sucedido. Mantuvo su paso. Lentamente la choza fue destacandose y creciendo y la puna ampliandose, a la vez que la luz iba aumentando y los nacientes colores de la tierra, muy debiles de por si, iban cobrando seguridad. Oyo los perros ladrar y despues los vio correr hacia el.
Cuando llego a la puerta iba a reirse contento, pues nada habia ocurrido; Maria estaba en cuclillas, de espaldas, y los ninos, silencio- sos, se agrupaban en un rincon. Pero entonces Maria volvio el rostro y Manuel Sicuri vio la herida en su frente.
—Como fue? —pregunto.
Su mujer empezo a llorar sin hacer gesto alguno.
—El peruano, fue el peruano?
—Ella dijo que si con la cabeza; despues secandose las lagrimas, se puso a relatar el atropello. Los ninos la oian sin moverse de su rincon.
Al principio Manuel oyo a Maria sin decir palabra, pero el aspec- to que iba cobrando su rostro denunciaba facilmente lo que sucedia en su interior. Comenzo como si un golpe lo hubiera atontado, despues los ojos se le fiieron transformando y cobrando un brillo metalico que nunca antes habian tenido; la boca se le endurecia segundo a segundo. Maria Sisa contaba y contaba, con sus rutilantes y cortantes palabras aimaras, sin alzar la voz, gesticulando a veces, senalando de pronto el rincon de los chunos donde habia sido atacada. Llevaba todavia la palabra cuando Manuel Sicuri vio el ha- cha, aquella hacha con que su padre habia dado muerte al puma; y dejo a Maria Sisa con la palabra en la boca antes de que se acercara al final del relato. De un salto Manuel Sicuri corrio al rincon y cogio el hacha.
—Por donde se fue, por donde se fue? —preguntaba el indio, con la ansiedad del perro de caza que ha olfateado en el aire la presencia de la pieza.
Entonces el mayor de los yokallas, que habia estado silencioso, intervino para senalar con su bracito mientras decia que hacia alia, hacia la Cordillera Occidental. Manuel se echo el hacha al hombro y corrio; dio la vuelta a la vivienda, paso tras el corral, se detuvo un momento para reconocer las huellas y emprendio de nuevo el trote. Ya no perderia las huellas ni durante un minuto. De nada valio que Maria Sisa corriera tras el y le llamara a voces. Animados como si se tratara de un juego, los perros corrieron tambien, soltando ladridos, pero no tardaron en regresar. Por la alta planicie, a esa hora ilumina- da en toda su extension por el sol del inviemo, se perdio Manuel Sicuri tras las huellas de Jacinto Muniz.

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