Victoriano segura (1941) -18

Eso podia entenderlo muy bien Manuel Sicuri; tambien en Bolivia, durante siglos, a ellos les habian quitado las tierras y las mujeres, y su padre le habia contado que cierta vez, cuando todavia no sonaba casarse con su madre, miles de indios corrieron por la puna, en medio de la noche, armados de piedras y palos, en busca de un presidente que huia hacia el Peru despues de haber estado durante anos quitandoles las tierras para darselas a los ricos de La Paz y Cochabamba.
—Si saben que estoy aqui me buscan y me matan. Yo me voy a ir tan pronto me sienta bien otra vez. Ademas, yo voy a pagarte —dijo el peruano.
Manuel Sicuri no respondio palabra. No le gusto oir hablar de que le pagaria, pero se lo callo. ,;Y si resultaba que ese hombre, con su terrible aspecto, era el propio Nuestro Senor que estaba probando si el cumplia los mandatos de Dios? De manera que se puso a hablar de otras cosas; dijo que esa noche seguramente habria helada, por- que habia cambio de luna de creciente a llena, y la luna Uevaba siempre frio.
Con efecto, asi ocurrio. Manuel oyo varias veces a las ovejas balar y se imaginaba la puna iluminada en toda su extension mientras el helado viento la barria. Muy tarde se quejo uno de los yokallas; Manuel se levanto a abrigar al grupo y el peruano pregunto, en las sombras, que ocurria. A Manuel le inquieto largo rato la idea de que el peruano no estuviera dormido. Pero se abandono al sueno y ya no desperto hasta el amanecer. El Mo era duro, y hasta el horizonte se perdian los reflejos de la escarcha. Habia que esperar que el sol estuviera alto para salir; y como se veia que el dla iba a ser brumoso, tal vez de poco o ningun sol fuerte, Manuel empezo a llevar afuera las papas de la ultima cosecha para convertirlas en chuno deshidratandolas en el hielo.
En ese trabajo estaba, a eso de las siete de la manana, cuando los perros comenzaron a ladrar mirando hacia el norte. Tambien Manuel miro; un hombre se veia avanzar, un hombre como el, de su raza. Manuel entro en su casa.
—Viene gente —dijo, dirigiendose mas al cholo peruano que a su mujer.
Entonces Manuel Sicuri vio a Jacinto Muniz perder la cabeza. Su miedo fue subito; se levanto de golpe, apoyandose en una mano, y sus negros ojos se volvieron, como los de una llama asustada, a todos los rincones de la choza.
—Tengo que esconderme —dijo— tengo que esconderme, por- que si me cogen me matan!
-Aqui no —respondio calmadamente, pero asombrado, Manuel Sicuri—; aqui no es Peru.
—Si, yo lo se, pero es que yo heri al gamonal y parece que murio! jSi me cogen me matan!

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