Victoriano segura (1941) -17

Pero Jacinto Muniz durmio, y lo hizo pesadamente, con los huesos agobiados de cansancio. Habia bebido pito e infusion de coca, que la propia Maria le habia preparado. Ni siquiera se quito la chaqueta. Estaba durmiendo todavia cuando Manuel Sicuri salio de la vivienda. Al despertar vio a Maria Sisa agachada ante una vasija de barro que colgaba de tres hierros colocados en tripode, hacia el ultimo rincon derecho de la casucha; abajo de la vasija habia fuego de boniga de llamas. Maria cocinaba chuno con came seca de came- ro. Los tres ninos estaban sentados junto a la puerta, charlando animadamente. Maria se levanto y se doblo otra vez hacia el fuego, de manera que se le vieron las corvas. Jacinto Muniz se sento de golpe y se paso la mano por la cara. Maria Sisa se volvio, tropezo con la cicatriz sobre el ojo y sintio miedo. El parpado estaba encogido a mitad del ojo, y eso le hacia formar un angulo; la parte interior del parpado resaltaba en el angulo, rojiza, sanguinolenta, y debajo se veia el bianco del ojo casi hasta donde la orbita se dirigia hacia atras. Aquello por si solo impresionaba de manera increible, pero resultaba ademas que en medio de ese ojo desnaturalizado habia una pupila dura, siniestra, fija y de un brillo perverso. Maria Sisa se quedo como hechizada. Entonces fue cuando el extrano explico que se habia hecho esa herida al caerse, muchos anos atras. Maria espero que el hombre se pusiera de pie, se despidiera y siguiera su camino. Pero el no lo hizo, sino que se quedo sentado y mirandola con una fijeza que helaba la sangre de la mujer en las venas. Ella estaba acostumbrada a los ojos honrados de su marido y a los timidos y tristes de las ovejas y las llamas o a los humildes y suplicantes de sus perros. Para disimular su miedo se dirigio a los ninos diciendoles trivialidades y su sonora lengua aimara no daba la menor serial de su terror. Pero por dentro el pavor la mataba.
En cambio Manuel Sicuri no sintio miedo. Ese dia volvio mas temprano que otras veces, y al ruido de las ovejas y al ladrido de los perros salio su mujer a decirle, con visible inquietud, que el hombre seguia en la casa y que no habia hablado de irse. Manuel Sicuri dijo que ya se iria; entro, charlo con Jacinto Muniz como si se tratara de un viejo conocido y le ofrecio coca. Despues, sentado en cuclillas, oyo la historia que quiso contarle el peruano.
—Vengo huyendo de mas alia del Desaguadero, del Pern —explico senalando vagamente hacia el noroeste— porque el gobiemo queria matarme. Un gamonal me quito la mujer y las tierras y yo proteste y por eso quieren matarme.

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