Victoriano segura (1941) -10

Evidentemente la mujer no sabia que hacer. Entonces intervino don Julio, cuya voz era muy aguda.
—Muv bien, senora, muy bien —dijo—. Pero le dice que vinimos a vcrlo. Queriamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. Adios, senora.
El pobre Jose Abud, abrumado por la desgracia, no abria la boca. Caminaba junto a sus companeros de comision como quien marcha tras el entierro de un ser querido.
Los dias fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. La gente muy madrugadora alcanzaba a oir el ruido de su carreta. Volvia a media tarde, pero no salia mas. Esa conducta, desde luego, llenaba de confusion a todo el mundo, si bien ya no causaba mala impresion. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extrano, en cuya vida habia algun misterio. Muy pocos mencionaban sus prisiones; la ma- yoria recordaba los gritos de mujer aquella noche; en cuanto al repetido “jacuerdate!” que le lanzo la suya la noche del fuego, se pensaba que tenia relacion con ese misterio que le rodeaba; por lo demas, debia ser muy celoso, a juzgar por la recepcion que se les hizo a los senores que estuvieron en su casa despues del incendio. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se habia disipado del todo. Solo persistia esa atmosfera de misterio en tomo suyo. Algun dia se sabria la verdad.
Todavia hoy, al cabo de los anos, aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad; solo ahora la sabran, si es que alguno de ellos lee esta historia.
Pues Victoriano Segura se esfumo tan extranamente como habia llegado, si bien de manera mucho mas dramatica. Ocurrio que una tarde llego a la calleja con su carreta cargada de tablas. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa, y como en los dias siguientes se le oyo martillar, se penso que estaba haciendo arreglos en la vivienda; tal vez hacia una mesa para comer o remendaba una ventana rota.
Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado, lo cual quiere decir que habia brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. El aire iba y venia cargado con los presagios del camaval y la Semana Santa. Una adorable paz ganaba el corazon de la gente; y en aquella peque- na calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos, el frecuente canto de los pajaros y el murmullo de los arboles hacian mas sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los dias sin importancia.

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