Rumbo al puerto de origen (1949) -6

Y a seguidas se echo a llorar, con amargo llanto de infante desvalido, mientras iba doblandose sobre si mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena, como un musulman en oracion. Desnudo, solo bajo la oscurecida luna, rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban mas y mas, Juan de la Paz era la imagen dolorosa y ridicula, a la vez, del desamparo. Temblando de fiebre y de frio, aguijoneado por los insectos, adolorida la llagada piel, el naufrago solo acertaba a ver en su imaginacion a la paloma y a la nina; y de subito, llenandole de espanto, comprendio que de las redondas lineas que formaban la carita de Emilia surgia la de Rosalia, mustia y espantada.
Nadie puede describir lo que paso entonces por el alma de Juan de la Paz. Algo estallo en ella en tal momento, algo horrible y barbaro, que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr, con los brazos en alto y las manos crispadas alia arriba, mientras gritaba con un alarido espantoso, que mas que el de un ser humano parecia el de una poderosa bestia alanceada cerca del corazon. Loco, totalmente
fuera de si se lanzo otra vez hacia la marisma; pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta, con tanta velocidad como si hubiera seguido en linea recta; se lanzo sobre los maderos y cogio dos, uno en cada mano. Era increible que pudiera cargarlos, pues ademas del tamano el agua de que estaban saturados los hacia pesa- dos. Pegando saltos, chapoteando, volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror, Juan de la Paz se perdio en direccion al mar abierto, donde el viento norte hacia subir las olas a respetable altura. Cogido a los maderos se tiro sobre el agua. Y agarrado como un loco, con manos y pies, fue dejandose llevar por las dos piezas, sin saber adonde iba, interesado ahora oscuramente mas en huir que en salvarse.
Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabano que acerto a dar con el, en medio del mal tiempo, a la altura de Cayo Avalos, segun el patron “por la divina gracia de Dios”, entre cuatro y media y cinco de la tarde. El naufrago fue tendido en la camara de la tripulacion, que estaba bajo cubierta, a popa. Aunque mantenia los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podia hablar. A las nueve de la noche se le oyo murmurar algo asi como “agua”, y se la sirvieron a cucharadas. A las once se le dio un poco de ron y a medianoche se le sirvio sopa caliente de pescado. Rodeado de mari- neros, todos los cuales le conocian bien, Juan de la Paz tomo su sopa con gran esfuerzo, pues tenia los labios destrozados; despues suspiro y se quedo mirando hacia el patron.
—Esto es cosa rara, Juan —dijo el patron—, porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura.

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