Rumbo al puerto de origen (1949) -5

Ese plan descansaba, sobre todo, en conservar los maderos —cua-tro piezas aserradas que serian de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo—; despues, en hallar algo cortante, aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra; por ultimo, pensaba que metiendose de nuevo en la marisma podria cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. La sed no le preocupaba tanto, porque el aire humedo lo refrescaba. Desde la caida de la tarde habian empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando, con ligera tendencia a soplar desde el norte. Elio queria decir que la lluvia no andaba lejos, y ya beberia cuando cayera.I/) que le hack sufrir eran las quemaduras y los jejenes, mas numero- kon y agrcsivos cada vcz.
Juan de la Paz desperto, evidcntcmente con fiebre, bastante pasada la medianoche; y al levantarse se asusto, el, que apenas tenia ya fucrzas para scntir miedo, Hues era el caso que se oia el mar, cosa Incfctble horas antes, cuando la inmensa mole de agua se veia tran- (|tiila lie un confin al otro; y ademas de oirse el mar, segun pudo el notar tan pronto se puso de pie y dejo su humedo lecho, se oia el vlcnto, que soplaba frio y grueso. Debatiendose en medio de grises y ventrutlas nubes, la luna parecia moverse con gran trabajo alia arriba. Pequefio, rojo y negro de ampollas y de petroleo, el reseco pelo pegado a la frentc, agotado por el sol, pero tambien consumido por el sufrimlento, dcsnudo en medio de la noche y del mar, Juan de la Pa/ comprcndio de pronto cuan inutil habia sido todo su esfuerzo y que duro castigo le habia reservado Dios para el final de sus dias, a pesar de que habia sufrido ya la condena de los hombres. Del fondo de su ser empezo a crecer un amargo sentimiento de lastima consigo mismo, y a medida que tal estado de animo se definia metiendose como una despaciosa invasion de agua por todos los antros de su cucrpo, en alguna oscura parte de su conciencia iba tomando cuerpo la figura de la paloma, derivando corriente abajo, muerta pero no sumergida, y el rostro de Emilia, tan palido y sin embargo tan sonrei- do. De subito Juan de la Paz se derrumbo; cayo de rodillas en la arena, elevo los ojos y las manos al cielo y pidio perdon.
—Perdoname, Virgen de la Caridad, tu que todo lo puedes! —ex- clamo.

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