Rumbo al puerto de origen (1949) -4

Serian las tres, a juicio de Juan de la Paz, cuando en un movi- miento de natacion sintio que su pie derecho tocaba algo blando. Poco a poco fue dejandose descender. Aquello podia ser lodo, podia ser vegetation marina, podia ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. Pero no tardo en darse cuenta de que era lodo. jLodo! iHabia llegado, por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie, uno solo. Si, habia llegado. Ahora bien, <jad6nde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. Habia llegado, para su mal, a las marismas de Cayo Azul, y lo que tenia por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua, el que no tenia fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir, o para beber, hasta rendirse, agua fresca.
Sin embargo, habia que seguir; y Juan de la Paz siguio, maltratandose los pies con los tallos de los nacientes mangles, cayen- dose a ratos y levantandose con mil trabajos, nadando en los cortos canalizos, adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar, que se guarecenĀ en la uretra y desgracian al hombre; buscando en la media lu/ del amanecer el comudo espinazo del cocodrilo, que a menudo sc refugia en esas marismas. Cuando toco tierra, por fin, a eso de las ocho, anduvo como un ciego algunos pasos y se dejo caer sobre un arenazo. Alii abusaron de el el sol y el petroleo. Despcrto varias veces, pero sin recuperar el dominio de si mismo; se movio cuanto pudo, porque comprendia que se quemaba. Mas no le fiie posible sobreponerse al agotamiento. Al mediar la tarde, el cuello, la espalda, los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. En los labios hinchados y adoloridos, secos de sed, su propia respiration pegaba como fuego. Necesitaba agua dulce. Penso que escarbando en la arena podia hallar alguna. Pero de pronto su atencion se volvio hacia la orilla de la marisma que habia recorrido para llegar al arenazo, pues alia se veia un madero que flotaba. jNo, no era uno; eran tres, cuatro, varios! Entonces se levanto y aguzo los pardos ojuelos. La providen* cia le mandaba esos maderos para que saliera de alll. Donde se hallaba no podia tener esperanzas de rescate; rodeado de marismas, y mas alia de prolongados bajios el arenazo en que habia tocado quedaba fuera de las rutas de los Pescadores, y desde luego mucho mas lejos aun del paso habitual de los barcos. Sin pensarlo, actuando a impulsos de una fuerza ciega, Juan de la Paz echo a andar hacia afuera para recorrer otra vez bajo la noche que se acercaba el camino que habia hecho entre el amanecer y el dia. Cuando retomo al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. Casi anochecia ya; a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes, que con la llegada de las primeras sombras se hacian presentes en oleadas. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes, Juan de la Paz se echo a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. Antes de entregarse al sueno estuvo buen rato madurando un plan.

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