Rumbo al puerto de origen (1949) -3

Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. Por momentos aquella luz fulgia lejos, tal vez a varias millas; y Juan de la Paz queria reconocerla a cada nueva aparicion, distinguir si era de goleta, de vapor o de algun bote pescador. A ratos se acordaba de la paloma, abandonada, muerta ya, sobre el mar; y pensaba que acaso habia derivado a favor de la corriente, sin acabar de hundirse. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida, en medio de brincos imposibles, de gritos que se perdian en la tremenda soledad tfquida, de mezcla delirante entre esperanza y pavor, surgiera de pronto, una vez y otra vez y otra mas, la imagen de la paloma, flotando panza arriba bajo la luna, un ala rota y la otra extendida, las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. Pero he ahi que de subito Juan de la Paz se dijo a si mismo que estaba perdiendo el juicio, y cobro instantaneo reposo. No habia tal barco; el estaba solo, del todo solo en la inmensidad del mar, y nadie mas que el era responsable de su vida. Sentia el corazon golpeandole desusadamente y resolvio flotar un rato bocarriba, los brazos y las piernas abiertos, para descansar un poco y observar la luna; de esa manera se recuperaria y a la vez recuperaria el rumbo. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. Asi, un cuarto de hora despues Juan de la Paz reanudaba su marcha, nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo.
A medianoche alcanzo a ver rojizos y cardenos reflejos ante si; a la
vez un pesado olor de petroleo se imponia al yodado del mar. Hasta poco antes le habia sido facil ver, con bastante frecucncia, siluetas de peces que saltaban aliededor suyo o a cierta distancia; ahora eso habia dejado de ocurrir desde hacia acaso media hora, de donde podia inferirse que habia una prolongada mancha de aceite crudo o petroleo deslizandose en el mar; y de improvise) Juan de la Paz recordo que, en ruta hacia Cienfiiegos, un barco habia encallado dias antes en los bajos del Golfo. Si el petroleo era de tal barco lo mejor seria intemarse en la extension que el cubriera y ayudarse de la coniente que lo arrastraba, pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde Punta Zapata hasta la altura de Punta del Este. Juan de la Paz conocia uno por uno todos esos cayos, los canalizos que los separaban, el que tenia agua dulce y el que no, el que era solo diente de perro pelado o tenia arena y yerba, el que tenia mangles y caceria, el mas frecuentado por los Pescadores de Batabano y el mas alejado de las rutas usadas a diario.
Como lo penso lo hizo, lo cual tuvo buenos y malos resultados. Los buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mahana vio a distancia de una milla, o cosa asi, la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar, lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que habia padecido cuando creyo ver la luz de un barco; los malos habian de verse mucho mas tarde, tan pronto el calor del sol pegara en el petroleo que se habia incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrian el cuerpo.

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