Mara villa (1946) -7

Aquello duro varios dias, pero al fin se acostumbro al yugo, al ruido de la sierra, a los silbidos de las maquinas, al estrepito de los troncos que caian, a las voces de mando. Y un dia —una clara manana de junio— Maravilla fue sacado con su viejo companero y llevado a la loma. Le hicieron caminar horas y horas por entre pinos, por bajadas y subidas, por lugares donde las hojas caidas hacian el suelo resbalo- so y por otras donde las piedras golpeaban sus patas. El sol penetraba en todas partes y la brisa hacia sonar dulcemente la loma. Sin duda el dia era bello, pero Maravilla no podia apreciarlo porque iba sometido al yugo, con la cabeza baja, sin poder moverla. A su lado, calmoso y triste, caminaba lentamente el viejo buey negro, ducho en sufrimien- tos. Anduvieron larga distancia y al fin llegaron a un claro donde reposaban troncos enormes de pino a los cuales habian quitado la corteza para que resbalaran facilmente sobre el camino. Cuando Maravilla y su companero llegaron alii oyeron a dos hombres saludar alegremente al boyero que los conducia.
—Vamos a ponerle este tronco, que es de buen tamano —dijeron.
—No —opino el boyero—, Maravilla es nuevo y hay que ponerle carga liviana.
Los otros protestaron que nada importaba eso y al cabo de una ligera discusion se acordo que yendo con el Negro no habia miedo de que Maravilla no pudiera cargar pesado. Mientras los hombres discutian los animales reposaban a la sombra de los pinos. El sitio era placido. La brisa danzaba suavemente y alguna avecilla —muy raras en esos parajes— saltaba y piaba arriba.
Pero el descanso no fue largo. Los hombres escogieron un tronco enorme y en el extremo mas grueso, justamente en el cora- zon, le clavaron una especie de gran pua. Utilizaban una mandarria y sus golpes resonaban multiplicandose de arbol en arbol hasta perder- se a lo lejos. Una vez terminada esa faena llevaron a los bueyes junto a la cabeza donde habian clavado la pua, pusieron en esta una cadena
y colgaron la otra punta dc la cadena en una argolla que llevaba colgando el yugo. Mara villa oyo el tintlneo de los hierros y temio que iba a empezar de nuevo algo desagradable.

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