Mara villa (1946) -6

Por la manana hubo sol y la bestia pudo darse euenta, obscrvan- do lo que le rodeaba, de que estaba cn un ascrradcro. I labia por todas partes troncos de pinos; algunos hombres sacaban parejas de bueyes enyugados y se iban con ellos. Del lado opuesto a aquel por donde habia llcgado Maravilla corria un rio. Justamente encima del rio, acaso a quinientos metros dc distancia, la loma estaba calva, sin un arbol, y mostraba su entrana rojiza. Maravilla vio que algunas parejas de bueyes llegaban al calvero y que dos hombres golpeaban los troncos que arrastraban los bueyes; los troncos se desprendian, resbalaban por una zanja profunda que caia a tajo sobre el rio, y formando un estrepito infernal rodaban haciendo saltar piedras y barro, y pegaban en el agua, de la cual se elevaban columnas de espuma. El rio se remansaba en ese punto, pero inmediatamente volvia a correr llevandose los troncos. Varios hombres armados de varas terminadas en hierros curvos saltaban de tronco en tronco y los iban empujando y ordenando para que no se amontonaran. Los cantos de aquellos hombres y los gritos de los boyeros que desde arriba pedian atencion se confundian con el rumor del agua, el ruido de la tierra y los ladridos de los perros. Un humo oloroso a madera se elevaba continuamente de una chimenea. Algunos mulos esperaban que acabaran de cargarlos; les amarraban tablas en los lados y salian a trote ligero, arreados por los recueros, que gritaban y hacian restallar sus fiietes. Maravilla trato de dormitar, pero el ruido no lo dejaba. No se movio, sin embargo. Estuvo alii toda la manana, y los chicos —tambien algunos que no lo eran— se acercaban a mirarle y a decir su nombre en alta voz. Con su mirada noble, Maravilla los observaba mientras rumiaba con lentitud.
Bien entrada la tarde lo sacaron del eorralejo y lo llevaron junto a un viejo buey negro, de ancas peladas y cuemos rugosos, que estaba en mitad de una explanada y que tenia aspecto penoso. Aquel huesu- do companero parecia agobiado por los anos. Excepto la quijada, nada se movia en su cuerpo, ni siquiera la cola, por mucho que las moscas se posaban en las llagas que le habia formado la garrocha. No sc movio tampoco cuando pusieron a su lado a Maravilla. Maravilla se impresiono cuando trajeron un yugo que colocaron en su cabeza y en la del viejo buey. Sintio que amarraban el yugo a sus cuemos, pero no intento impedir la operacion. Se quedo quieto un rato y no comprendio de que se trataba sino mas tarde, cuando quiso moverse y observo que no podia hacerlo ni podia mover la cabeza. Asi, en ese estado, le hicieron andar. Todo el resto de la tarde tuvo que pasarlo aprendiendo a soportar el yugo, a parar en seco, a recular. Le dolia el pescuezo y debia estar atento a la menor presion de su companero o a la voz del boyero. Dar la vuelta, lo cual se hacia girando sobre las patas delanteras, le parecia un tormento infernal.

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