Mara villa (1946) -4

Cuando la lluvia ceso habia caido tanta agua que durante horas estaria bajando por los flancos de la loma y Ucnando el camino. El barro era pegajoso y en algunos sitios las patas de Maravilla se mciian casi hasta las rodillas en aquella pasta rojiza. Sin duda Eusebio qucria ganar el tiempo perdido y por eso gritaba como un endemoniado. Hostigado por aquella voz Maravilla apuraba el past), cuidandose de clavar bien las pezunas. Antes de una hora se sentia cansado; le dolian las ancas y respiraba con dificultad.
—Echa, que ahorita llegamos! —gritaba Eusebio.
Y el “echo”. Todavia caian algunas gotas de agua rezagadas y los pinos se revolvian, llevados y traidos por el viento. De pronto Maravilla percibio un rumor sordo, como de rio despenandose.
—Para, para! —ordeno el hombre.
Al tiempo de decirlo se le puso delante y le pego la garrocha en la frente. Con las patas y el vientre llenos de barro, molido, cansado, el animal se detuvo y miro en redondo. Eusebio senalo un camino que descendia a la derecha de Maravilla, y este vio que abajo, casi como si estuvieran a sus patas, habia algunos bohios y un rancho largo, cubierto de zinc, del cual salia humo.
—Echa! —tomo a gritar el boyero.
Kmpczaba a o-scurccef. (Urn sus lentos ojos, Maravilla vio la bajada del camino, por cl cual rodaba agua, y sintio miedo. El descen- so era dificil, mucho mas que la peor de las subidas, porque como el tenia las patas dclantcras mas cortas que las de atras, senda que todo el peso del cucrpo sc 1c iba a la cruz y tiraba de el hacia adelante, como qucriendo dcsricarlc de cabeza. Lleno de hoyos, de piedras, de lodo y dc raices, aquel sendero le parecia a Maravilla la peor prueba de su vida. Por momentos volvia los ojos al boyero pidiendole que lo dcjara alH, que no lo mortificara mas con sus gritos. Queria descansar, echarse a rumiar, dormir un poco. Oscurecia rapidamente. Maravilla adclantaba con suma cautela, afirmando cada pezuna en terreno solido. Correteando arriba, sin tirarse a las profundas zanjas del camino, sujetandose a los troncos y gritando sin cesar, Eusebio blandia su garrocha sobre los ojos del animal. Enloquecido por el tormento, Maravilla se puso a mugir, y su mugido era casi un grito de angustia. No podia mas. Veia los bohios y distinguia ya algunos hombres que saltaban sobre los pinos cortados; los veia y pensaba que jamas podria llegar alia abajo. Desde el fondo del hoyo subieron ladridos de perros y voces agudas.

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