Luis pie (1946) -2

Pero si habia pasado a distancia un motor. Luis Pie llego de su tierra meses antes y se puso a trabajar, primero en la Cokmia Carolina, despues en la Josefita; e ignoraba que detras estaba otra colonia. la Gloria, con su trocha medio kilometro mas lejos, y que don Valentin Quintero, el dueno de la Gloria, tenia un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allL por la za£ra, en busca de unos pesos. Don Valentin acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford; y como iba muy alegre. pensando en la fiesta de esa noche, no tomo en cuenta, cuando encendio el tabaco, que el auto pasaba junto al Canaveral. Golpeando en la espalda al chofer, don Valentin dijo:
—Esa Lucia es una sinverguenza, si senor, jpero que hembra!
Y en ese momento lanzo el fosforo, que cayo encendido entre las canas. Disparando ruidosamente el Ford se perdio en direccion al batey para llegar alia antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros.
Tal vez esa distancia habia logrado arrastrarse el haitiano. Trata- ba de llegar a la orilla del corte de la cana, porque sabia que el corte empieza siempre junto a una trocha; iba con la esperanza de salir a la trocha cuando noto el resplandor. Al principio no comprendio; jamas habia visto el un incendio en el Canaveral. Pero de pronto oyo chasquidos y una llamarada gigantesca se levanto inesperadamente
hacin cl ciclo, ilumiuaiulo cl lugar con un tono rojizo. Luis Fie se qued6 inmovil del asombro. Sc* puso dc rodillas y sc prcguntaba que era aquello. Mas cl lucgo sc extendia con dcmasiada rapidez para que l.uls Pic no supicra dc quc sc (rataba. Echandose sobre las canas, como si tuvieran vida, las llamas avanzaban avidamente, envueltas en un lumu) negro quc iba cubriendo todo cl lugar; los tallos disparaban sin ccsar y por momentos cl fuego sc producia en explosiones y asccndia a golpes hasta pcrdcrsc en la altura. El haitiano temio que iba a qucdar cercado. Quiso huir. Se lcvanto y pretendio correr a saltos sobre una sola picrna. Pero Ic parccio que nada podria salvarle. —Bonye, Bonye! — enipezo a aullar, fuera de si; y luego, mas alto
aim:
—Bonycceec!
Cirito dc tal manera y Ueg6 a tanto su terror, que por un instante pcrdio la voz y cl conocimiento. Sin embargo siguio moviendose, tratando dc escapar, pert) sin saber en verdad que hacia. Quienquiera quc fuera, cl encmigo que le habia echado el mal se valio de fuerzas poderosas. Luis Pie lo reconod6 asi y sc preparo a lo peor.
Pegado a la tierra, con sus ojos desorbitados por el pavor, veia crecer el fuego cuando le pared6 oir tropel de caballos, voces de mando y tiros. Rapidamentc Ievanto la cabcza. La espcranza le embriago.
—Bonye, Bonye —clamo casi llorando—, ayuda a mue, gran Bonye; tu salva a mue de muri quema!
ilba a salva do el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Aplico el oido para saber en que direccion estaban sus presuntos salvadores; busco con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infiemo de llamas en que se hallaba. Dando la mayor amplitud posible a su voz, grito estentoreamente:
—Dominiquen bon, aqui ta mue, Lui Pie! Salva a mue, dominiquen bon!
Entonces oyo que alguien vociferaba desde el otro lado del Canaveral. La voz decia:
—Por aqui, por aqui! Corran que esta cogio! Corran que se puede ir!
Olvidandose de su fiebre y de su piema, Luis Pie se incorporo y corrio. Iba cojeando, dando saltos, hasta que tropezo y cayo de bruces. Volvio a pararse al tiempo que miraba al cielo y mascullaba: —Oh, Bonye, gran Bonye que ta ayudan a mue …
En ese mismo instante la alegria le corto el habla, pues a su frente, irrumpiendo por entre las canas, acababa de aparecer un hombre a cabal lo, un Salvador.

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