La NEI EN el siglo XXI: Aportacion al estudio del fenomeno del (sub)desarrollo

Grandes son las deudas que tiene la teoría y práctica econó­mica en este siglo para la mayor parte de la población mun­dial, sumida en un grado y nivel de pobreza, sólo comparable al prevaleciente en la Edad Media. Y, aunque no únicamente el paradigma teórico-económico dominante es responsable de los errores cometidos en el ámbito de las decisiones de políti­ca económica y de desarrollo, llevadas a cabo por las autori­dades económicas de la mayoría de los países del mundo, particularmente de los países subdesarrollados cada vez más globadependientes de los países desarrollados, de las decisio­nes de los grandes organismos económicos internacionales y de las decisiones de inversión real o de portafolio de las gran­des corporaciones transnacionales, sí tuvo que ver, desde nuestra perspectiva, en la profundización del fenómeno de la pobreza mundial (ver undp: Human Develoment Report, 1999, pero particularmente el de 1996) de fines del siglo xx y prime­ra década del siglo xxi y de ahí su gran deuda.

Por qué afirmamos lo anterior, indiscutiblemente, porque gran parte de la lógica propia de optimización de los recursos, de la eficiencia, de la alta productividad, etc. y demás catego­rías económicas relacionadas con la teoría neoclásica paretia-na, en tanto expresión simpUficadora de la compleja realidad económica, al generalizarse a una escala universal (posibilita­da por las nuevas tecnologías], por medio de la intensificación de la producción y el intercambio internacional, de las políti­cas de apertura y liberalización económica (principalmente comercial y financiera; en se orden] que con base en el meca­nismo de mercado siguieron, también, muchos países subde- sarrollados, los ha llevado a presentar una lógica exclusión social en el juego económico, debido, principalmente, a su retraso tecnológico, a su insuficiente e ineficiente marco insti­tucional y a las contradicciones de política económica que, por privilegiar el ajuste y los macrofundamentos, ha descuidado (o propiciado] la caída vertical del bienestar económico, facili­tando la exclusión de grandes segmentos de la estructura económica, que vieron cómo la globalización les desplazó del mercado interno.

Reformas económicas, programas de ajustes, aperturas comerciales, liberalizaciones generalizadas en finanzas y pre­cios; privatizaciones, desregulaciones, retiros masivos del Estado en la actividad económica y erección final del mecanis­mo de mercado, es lo que caracteriza al mundo actual en ge­neral y en particular al mundo subdesarrollado. Atrás quedó el intento keynesiano por restituir el equilibrio económico- social, cuando las contradicciones naturales del sistema económico generan desequilibrios fundamentales entre los principales agentes y variables de la economía. Hoy, el merca­do, cumple maquiavélicamente la lógica marxista de a cada quién según capacidad y a cada quién según su necesidad: a cada quién según su contribución al producto social, sin preo­cuparse, por los que no contribuyen, lo que, además, no le está permitido al mercado y nada puede hacer.

Bajo este panorama desalentador, para el grueso de la población que está quedando excluida de toda posibilidad de participar en el mercado, cada vez más concentrado y con grandes déficits de sensibilidad social, es necesario cuestio-lili a este modelo de eficiencia económica “simplificada”y deficiencia social “macro-cuantificada”, que no genera posibi­lidades equitativas para todos los jugadores del juego econó­mico al que, inclusive, no le interesa tal inclusión.

En economías no desarrolladas debe ser trascendental el rol jugado por el Estado, en tanto facilitador del intercambio y promotor e interventor en el desarrollo. Hoy día, la economía y los economistas ortodoxos están en crisis. Parafraseando a Samuelson (1987), el tiempo de los matemáticos y economis­tas ortodoxos ha pasado, como dice Coase (1997) es tiempo de los economistas pensadores (institucionales) para enfren­tar los viejos-nuevos retos que la problemática económica está generando.

En este sentido, no únicamente se requiere crear o perfec­cionar las instituciones, sino indagar en torno a las condicio­nes necesarias y suficientes para que tales instituciones sean buenas. La base debe estar constituida por el consenso social no excluyeme. Pues, si bien las reglas formales delinean un proyecto de desarrollo económico de largo plazo, si no se cuenta con el apoyo del conjunto social, las limitaciones insti­tucionales contrarrestan los buenos propósitos de las reglas formales y, demostrarán de esta manera, su carácter perver­samente excluyeme.

Las políticas económicas, de desarrollo y la real politic, se deben ajustar al estadio de desarrollo institucional. Es decir, sin que estemos sugiriendo un proceso lineal en la construc­ción y readecuación institucional, sí es necesario que las ins­tituciones sociales y económicas existentes sean tomadas en cuenta en su statu quo in spacce a la hora de establecer ciertos objetivos de desarrollo. De otra manera, se repetirían los mismos errores de antaño, de imitación de modelos de desarro­llo económico ajenos a nuestra cultura económica, idiosin­crasia económica y grado de desarrollo institucional.

Pero, ¿qué es lo que incentivará el buen funcionamiento de las instituciones ya existentes y permita la creación de otras? Sin lugar a dudas, esto se encuentra supeditado al gra­do de desarrollo cultural de una nación. En la medida en que crece la conciencia social en tomo a la necesidad de dar cer­tidumbre al juego económico para tener una suma no-cero, los individuos y no sólo el Estado, deben ejercer presión so­cial sobre las organizaciones, fuente primaria del cambio y mejoramiento institucional.

Bajo la perspectiva anterior, ¿qué requisitos deben cum­plirse para el buen éxito institucional? En primer lugar, se debe partir de la certeza de que las instituciones deben mejo­rarse, pero quién deberá llevar a cabo dicha tarea: sería muy fácil dejar todo al Estado en tanto institución económica, polí­tica y social principal en esta era de construcción del individuo institucional, pero ello representaría una salida fácil y quizá peligrosa para las sociedades nuevas, que buscan en la repre­sentación del Estado un cimiento nuevo para construir su nueva historia y no repetir los errores dolorosos del pasado lejano y reciente, en esta tarea debe participar la sociedad organizada en núcleos de vigilancia y monitoreo de las insti­tuciones.

La clave del éxito en esta perspectiva de análisis, será el convencimiento nacional de que, lo que se debe llevar a cabo y es necesario, es realizar una revolución institucional formal e informal discontinua, no violenta, para cambiar el statu quo actual en muchas de las economías subdesarrolladas, que hasta hoy, no han podido obtener los éxitos que el marco neoclásico ni keynesiano les ha prometido. Una reforma dis­continua que dé un giro de 180 grados en las estructuras institucionales, para favorecer la coexistencia pacífica de mer- cado-Estado-sociedad en estos países. Es decir, es necesario definir y hacer cumplir las reglas mínimas para que exista juego económico en el largo plazo. Esto no implicaría que se llevaran a cabo políticas populistas de redistribución del ingre­so, similares a las aplicadas por la mayoría de los países sub- desarrollados en las décadas pasadas. No, de lo que se trata es de permitir la libre participación de todos los jugadores de la economía, en un juego dinámico que potencialice las posi­bilidades de los sistemas económicos.

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