La muchacha de la guaira (1952) -8

La noclie comenzaba a desvanecerse. Sin duda era bastante mas tarde de las cuatro y Hans sabia que a las cinco seria dia claro. De la luna solo quedaba un resplandor; las estrellas perdian brillo y su vivido amarillo iba cediendo con bastante rapidez. Hans Sandhurst debia llegar a su barco. Por lo demas, esa muchacha se habia embria- gado. Asi que acepto su orden y rompio a andar. Camino cincuenta pasos, tal vez sesenta, y de pronto sintio que ella corria tras el, que se le acercaba en carrera desenfrenada, llamandole casi a gritos:
—Hans, Hans, Hans!
El se detuvo. Se oian con toda limpieza los pasos de la joven en el pavimento, y resonaban en la boveda silenciosa de la noche. Al llegar donde el se hallaba ella se tiro a su pecho, otra vez llorando, sacudida por el llanto. En ese momento el penso preguntarle donde vivia para llevarla a dormir, o decirle que lo dejara tranquilo porque el se encaminaba a su barco. Pero no hizo ninguna de esas dos cosas; lo que hizo fue pasarle la mano por la cabeza, alisandole su corto pelo negro, y dejarla desahogarse en lagrimas. Asi pasaron tal vez diez minutos, al cabo de los cuales ella dijo:
—Hans, el hombre tenia razon; el era el que tenia razon. Maquinalmente echaron ambos a andar; lo hacian despacio- samente y en silencio. Ya empezaba a notarse el proximo nacimiento del dia, a pesar de lo cual las callejas seguian solitarias. Iban hacia los muelles. Se oia el mar, retumbando en su ir y venir, como una lejana artilleria en accion. Y de pronto, al paso de la pareja se levanto una corta bandada de palomas que picoteaban en la calle. Eran seis, tal vez siete, quiza ocho. Ambos alzaron los ojos para verlas. Y una de las palomas, totalmente blanca como un ave de marmol, dejo de seguir a la bandada y se poso en el alambre del alumbrado. Fue una desdicha-da casualidad que acertara a poner sus rojas patitas en un alambre pelado. Pero ocurrio, y de golpe, igual que abatida por un rayo, la linda ave aleteo, como si no hubiera podido desprenderse, y cayo pesadamente a tierra.
Fue un pequeno pero extrano suceso. El cielo tenia ese tinte verde amarillo de los amaneceres en el tropico, y las casas, los postes de luz, todo lo que sobresalia se veia recortado contra el. Asi tambien se vio la paloma cuando estuvo en el alambre. Pero abajo, al caer, era posible distinguiria en detalle, con sus parpados grises, su pico de coral, sus blancas plumas tan limpias. En el paroxismo de la muerte temblo durante unos segundos. La muchacha habia corrido y la habia levanta- do. Expiro en sus manos. De rodillas, con la paloma en las palmas, como quien ofrenda a un Dios colerico, ella estaba frente a Hans y su rostro expresaba el enorme terror de quien esta frente a un verdugo.
-Hans, Hans, aqiii esta; mirala, Hans, muerta, muerta como me morire yo, muerta como decia el hombre!
Asi dijo la muchacha; y en tal momento lloraba. Hans iba a cogeria de un brazo y a decirle que caminara, que eso no tenia importancia. Pero en tal momento ella volvio los ojos hacia el mar. La calle iba en descenso, bordeada de aceras desiguales, y al final, ya dando al mar, se veia un perro que hurgaba en un laton de basura. Todo eso lo vio Hans antes de que ella actuara. Y de pronto la muchacha se incorporo, miro con ojos de loca, con ojos de un miedo cerval, irresistible, al hombre que estaba altf, frente a ella; y sin soltar la paloma, con evidente frenesi, se echo a correr en direction al mar. A la naciente claridad del dia se veia el color naranja de su traje batido por la brisa del amanecer. El segundo oficial del “Trondheim” penso: “Se va a su casa”. De ahi el asombro con que vio a la muchacha seguir en linea recta por el muelle, y saltar. Cuando el llego, algunos hombres y un policia daban carreras y voces, y era inutil ya tratar de lanzarse tras ella. Una sola vez vieron algo de la suicida: sus dos manos al pie de una ola. Todavia sujetaba en ellas la paloma muerta.
Hans Sandhurst se quedo alii, oyendo comentar, atolondrado. Mucho despues que salio el sol se encamino a un bar y pidio cerveza. No tenia hambre ni sueno ni sed, pero debio tomarse seis cervezas. Tardo tiempo en pensar que el asunto podia tener complicaciones, pues en dos lugares la muchacha habia sido vista con el. Por eso cuando llego al “Trondheim”, casi a las nueve de la maiiana, llamo al primer oficial y hablo largamente con el. El primer oficial no le interrumpio ni una sola vez; oyo todo el relato y al final dijo:
—Sera mejor que veamos al capitan, Sandhurst.
El capitan usaba lentes y su rostro aguzado y palido no dio senal
tie emocion alguna mientras oia la historia. Solo cuando el segundo oficial termino de hablar hizo un comentario, que en su lengua nativa sono extranamente a los oidos de Sandhurst. Dijo:
—No veo razon para preocuparse, Sandhurst. Y en cuanto al movil del suicidio entiendo que no fueron las palabras de aquel hombre lo que la trastomaron. Seguramente habia otros motivos que usted desconoce. Para su buen gobiemo debo decirle que las gentes de estos pueblos mestizos no tienen tan alta sensibilidad ante las ideas como nosotros. Vaya a hacerse cargo de su trabajo.
Si, eso fue lo que dijo, y para Hans Sandhurst no podian ser mas estupidas esas palabras. Por eso cuando se fue a su camarote busco entre sus papeles la tarjeta del capitan italiano y se puso a escribirle. No tenia nada de improbable que el destinatario de la carta se asombrara cuando leyera la frase final. Decia asi: “Si en verdad hay camarones y usted desea participar en el negocio, hagamelo saber. Es preferible vivir en estos paises, donde todavia hay gentes capaces de vivir la vida hasta la muerte, aunque sean mestizas”.
Cuando salio a la cubierta los lingadores hablaban a gritos del suceso. Uno preguntaba:
—Y quien era?
Otro respondia:
—No se sabe; dicen que era de Caracas.
Pero para Hans Sandhurst ella seria siempre “la muchacha de La Guaira”.

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