La muchacha de la guaira (1952) -7

Todavia a esa hora nada realmente importante habia sucedido, de manera que si Hans Sandhurst se hubiera ido a dormir entonces, o la tragedia no se habria producido o el la hubiera ignorado. Pero no tuvo la voluntad para recogerse. Ya se hallaba atraido por la intrigante personalidad de la muchacha, por su cambiante naturaleza, que habia ido revelandose tan lentamente y que, sin embargo, podia entreverse como en verdad atractiva. Eso explica que una hora mas tarde estuvieran sentados a una tosca mesa en otro botiquin, un misero saloncito situado en el camino del aeropuerto, atendido por una mestiza gorda y entrada en anos, de cara adusta y perpetuo cigarrillo en la boca. Habia alii tres o cuatro hombres del pueblo bebiendo cerveza, sin duda trasnochadores habituales, que miraban a la muchacha con ojos lascivos y hablaban entre risotadas. La muchacha habia bebido sin parar. Hans Sandhurst temia que se emborra- chara.
Pues en la mente de esta companera de una noche estaba produciendose una obsesion, acaso algo parecido a los huracanes tropicales que cruzaban devastadores, de tarde en tarde, por ese mismo mar Caribe que golpeaba sin cesar las orillas rocosas de La Guaira. El hombre aquel habia dicho: “Nosotros, los seres humanos,
nos perdemos en la mueite, en la nada”, y esas palabras giraban sin tn’uiut en cl cerebro dc la muchacha, e iban formando alii un nucleo que arrastraba poco a poco todas sus ideas y sus emociones, como el ntk’leo del luiracan arnistra los vientos y los pone a girar en tomo Suyo Y era asf, segun lo entendia Hans, porque a menudo —con mayor freeuencia a medida que aumentaba el numero de tragos que iiigena— clla Ic sujetaba un brazo y mirandole con angustia, y hasta con cicrta expansion de terror en los ojos, preguntaba:
—Ks verdad que nos perdemos en la muerte, Hans; que nos perdemos en la nada?
1:1 hecho de que el respondiera negativamente no parecia hacer- Ic elect o; volvia al tema con obstinacion creciente.
—Yo tengo un lindo recuerdo, un solo recuerdo bonito en mi vida, Hans, pero va a perderse, va a desaparecer cuando me muera. Mi recuerdo va a morir, Hans, va a volverse nada tambien!
El comenzaba a sentirse cansado. El terrible calor del Caribe habia sido durante todo el dia mas fuerte que nunca; refresco algo durante la noche, cuando estaban alia arriba, en el otro botiquin, pero ahora parecia haber vuelto y en verdad le abrumaba. La idea de ese recuerdo muriendo, desapareciendo en la nada, iba por momen- tos convirtiendose, en la cabeza de la muchacha, en una especie de cantinela de borracho, lo cual desagradaba a Hans. Las caras de aquellos hombres que tenian ojos tan lascivos, y sus risotadas y sus palabrotas, le causaban disgusto, como le disgustaba la torva faz de la gruesa duena.
—Vamonos! —dijo angustiado.
La muchacha no le contradijo. Le miro con humildad, mas propiamente, con amorosa humildad. El se habia puesto de pie y ella se paro tambien. Era alta, de piel juvenil, bonita, de linda boca, de nariz fina, de ojos oscuros, de brillante pelo corto y negro. Sin embargo, en tal momento parecia muy desamparada y Hans estaba seguro de que inesperadamente se pondria a llorar. Salieron. Hasta la puerta se asomaron dos de aquellos hombres para verlos, y cuando doblaron la esquina Hans volvio el rostro; la gorda mestiza le seguia con los ojos. Las miseras callejas se veian solitarias. Uno que otro perro ladraba, tal vez al paso de ellos, y a la luz de un farol habia una pareja de policias. Caminaban en silencio. Y de pronto sucedio lo que el temia; ella se agarro a su hombro derecho y comenzo a sollozar. Sufria con toda el alma, de eso no cabia duda; su cuerpo entero se conmovia a los sollozos.
-Hans, mi unico recuerdo bonito va a perderse! —dijo.
El segundo oficial del “Trondheim” habia aprendido que en el
Caribe hay dos maneras de ejercer la autoridad; una muy amplia, cuando se vive democraticamente, y otra muy exigente, cuando se vive bajo dictaduras. Pensaba que si aquellos dos policias les veian y creian que ellos estaban besandose o acariciandose en plena via publica en las calles de La Guaira, considerarian que estarian burlan- dose de su autoridad y nadie sabia lo que podia ocurrir. Por eso se impaciento:
—Eso es tonto —dijo—; es tonto estar llorando por un recuerdo que no ha desaparecido aun. Creo que esto debe acabarse ya. Vamos.
Entonees ella levanto la cabeza y dejo de llorar. Todavia le corrian lagrimas por las mejillas, pero no lloraba ya; al contrario, la ira v el asombro, o si se prefiere, el disgusto y la sorpresa se mezclaban en su expresion.
—Vete tu! —dijo. Y se planto en la calle.

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