La muchacha de la guaira (1952) -6

El llamado Miguel miro hacia la mesa vecina, pero ya alii no habia nadie. Aquel borracho que se habia acercado a hablarles hacia rato, y al que sin duda le hubiera agradado oir a su companero, no estaba, ni estaban las mujeres ni el senor que bebian con el.
—Senor, yo no comprendo su punto de vista tan local ni tan actual —atajo Sandhurst— y no debo juzgarlos a ustedes como pueblo. Yo creo que hay una norma de conducta general y que todos pode- mos llegar a conocerla y a ejercerla.
—Si, pero cuando? Porque es el caso que ya hay en Estados Unidos una bomba de hidrogeno y, sin embargo, todavia viven indios salvajes en nuestras selvas. La felicidad es un estado distinto para los sabios que fabricaron esa bomba y para los salvajes del Orinoco. Su punto de vista no nos sirve, como no nos sirve el de Miguel. La funcion del hombre es menos compleja.
Eso dijo, y Hans Sandhurst comprendio que se hallaba frente a una persona inteligente y de muchos conocimientos, pero tuvo tambien la sensacion de que no se habia equivocado cuando penso que tenia el alma cruel. Algo en el denotaba su delectacion de destruir la idea de Miguel y la suya; la suya, que era tambien la de esa muchacha.
—Debemos seguir hablando —dijo el hombre—, sobre todo por-
que seria innoble dejar a esta joven en un error. Pero por el momento yo pido que repitamos el trago.
Con efecto, los vasos estaban vacios. Entonces la muchacha intervino:
—Yo quiero beber tambien —dijo.
Lo cual aumento la intriga del segundo oficial del “Trondheim”, porque hasta ese momento ella habia rechazado toda invitation; habia bebido solo dos coca-colas en las largas horas que llevaban juntos. Ahora parecia haber despertado a la vida.
Miguel pidio bebida; ella prefirio ron, como Hans. Se veian ya algunas mesas vacias, pero todavia sonaba la musica y tres o cuatro parejas bailaban. Con su silla arrimada a la pared, un jovenzuelo dormia. Uego el sirviente.
—Senorita —dijo el hombre de ancestro indigena, con el aire de un cumplido caballero que honrara a una gran dama—, brindo por usted y por su deseo de ser feliz. Usted y el senor Trondheim, digo Sandhurst, tienen ideas afines. Los felicito por ello. Pero entienda usted que no hay tal cosa; no es la felicidad lo que busca la humani- dad. La funcion de la humanidad, senorita, es simplemente vivir, dar satisfaction a su instinto vital. Nacemos, nos desarrollamos y morimos, y nada mas bella joven. Vivimos porque tenemos que vivir; para vivir matamos animales y engullimos sus cuerpos, sembramos arboles y nos comemos sus ftutos, pescamos peces y los guisamos. Buscando el placer de vivir escribimos y oimos musica, pintamos y admiramos cuadros. No hay en absoluto nada mas que eso. Luego nos toca morir y desaparecemos completamente. Nosotros, los seres humanos, nos perdemos todos en la muerte, en la nada. Eso es todo.
El hombre habia hablado con gozosa sana; al final de sus pala- bras sonreia desde bien adentro; con morbosa alegria muy mal disi- mulada. La muchacha se quedo absorta, mirandole. Terna en la mano su vaso de ron. Y de subito grito, poniendose de pie:
—jMentira, mentira; usted solo esta diciendo mentiras!
Miguel y el segundo oficial del “Trondheim” no hablaron; am- bos habian comprendido que ese hombre se negaba a si mismo, pues el tambien buscaba la felicidad, y su felicidad en ese momento consistia en hacer sufrir, en negar que en la tierra hubiera lugar para una conception generosa de la vida.
Hans Sandhurst vio a la muchacha beberse su ron de un solo trago; la dorada piel se le habia enrojecido y respiraba con fuerza. Estaba como poseida por una sagrada colera. Llamo a voces y pidio mas ron. El hombre que habia hablado seguia sonriendo. Hans no habia tocado su bebida.
Pero Miguel si bebio, y al terminar su trago empezo a palidecer, a ponerse palido, casi verde. Pidio permiso y se paro. No pudo llegar, sin embargo adonde iba, porque a unos pasos de la mesa se agarro a una silla y comenzo a vomitar; despues trato de sentarse, se apoyo mas en la silla y se doblo sobre si mismo.
—Su amigo esta enfermo —dijo Sandhurst.
A lo que el otro respondio:
—Demasiada bebida, eso es todo.
A Hans le repugno ese comentario tan ligero. No queria seguir alii.
—Me voy —dijo al tiempo de levantarse.
Pero la muchacha le sujeto de un brazo.
—No, no puedes irte ahora. Yo he pedido un trago. Ademas, yo quiero beber, necesito beber.
—Muy bien, pero no aqui —explico Hans.
—No, aqui no, en otro sitio —acepto ella.
Y fue asi como a las dos y media de la manana, todavia con una luna resplandeciente que permitia ver uno por uno los techos de La Guaira bajo ellos, Hans Sandhurst y la muchacha salieron al aire de la noche, en pos de un lugar donde no vieran la dura sonrisa de aquel hombre que habia proclamado, entre grumos de alcohol, el triunfo del instinto vital sobre la tierra. Con la cabeza entre las rodillas, el joven seguia vomitando.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>