La muchacha de la guaira (1952) -5

El hombre eructo. Hablaba con esfuerzo, aunque sin disparatar. Tenia los ojos turbios debido al alcohol, pero sin duda estaba dando salida a lo que llevaba en el corazon y por eso se expresaba claramen- te. Hans Sandhurst tenia una vaga idea de lo que estaba ocurriendo en Venezuela, pero no lo sabia a fondo; por eso no pudo advertir cuanta crueldad habia en las palabras con que el mayor de sus dos recientes amigos se dirigio al intruso.
—Digame, senor, ,;cual es a su juicio el destino de nuestro pue-blo? Cree usted que Romulo Betancourt lo sabe mejor que uno de nosotros?
El borracho miro torvamente y parecio haber recibido un golpe en la nuca.
—Senor, yo no se si usted es un espia de la dictadura; no se si es un sirviente de estos militares que estan asesinando a lo mejor de Venezuela. Pero usted me ha preguntado y yo le contesto: Si, Romulo Betancourt lo sabe. Y ahora, si le parece, denuncieme.
No dijo nada mas, sino que a su juicio muy dignamente —aunque apenas podia tenerse en pie—, retomo a su mesa y se dejo caer en su silla como un bulto. Hans Sandhurst noto que de sus dos compane- ros, el mas joven se habia quedado mudo; el otro sonreia. La mucha- cha parecia no hallarse alii; con un codo en la mesa y la cabeza en la mano, miraba dulcemente al segundo oficial del “Trondheim”.
—No hay derecho —dijo el joven dirigiendose al mayor—. Si alguien ha oido, se ha desgraciado. Fue una provocacion tuya.
Por toda respuesta el de mas edad sonreia. Pero en esa sonrisa habia un resplandor siniestro, cosa que noto ciertamente Hans Sandhurst. Ahora bien, Sandhurst no estaba al tanto de lo que el extrano incidente significaba. Seguia pensando en la funcion de la humanidad y en lo que sobre ello habia dicho el joven. De ahi que hablara como si nada hubiera sucedido. Argumento:
—Yo creo que cl fin del hombre cs set- fcllz; la humanklad busca inconsdentemente la telicidad.
Entonces la muchacha salto. Sti hublera dicho quo nada oia, quc no tenia interes en el tema. Y he aqui quc al otr esas palabras irrumpio diciendo:
—Si.si, la gente quiere ser felt/! Yo quiero ser feliz. Tti has dicho lo que  siento, Hans.
En ese exptesivo rostro suyo, que el segundo oflcial del “Trondheim” habta \isto canibi;ir tantas vcces en poeas horas, pareeia haberse prodn- ddo de pronto una explosion de luz; sus ojos resplandecian gozosos y la dulce sonrisa habia dejado de ser tristc. lx>s tres hotnbres se fijaron en ella. Era corno si en ese instante hubicran dcscubicrto que ella estaba alii, con ellos. Pero un obscrvador sagaz —Mans Sandhurst lo era— podia notar matices muy diferentes entre ellos; por ejemplo, el joven era tolerante. acaso complacientc, como si pensara: “Iis muy femenina la reacdon de esa muchacha, y por lo demas nunea podra entender por que nos preocupa este tema”. En camblo el otro tenia una actitud a la vez de sorpresa y de calculo; parecia decirse: “Ah conque te interesa ser feliz. ,;no? Pero ahora voy a matar esit alegria en germen; ahora voy a demostrarte que no eres mas que un simple gusano de polvo llamado a desaparecer. misera vendedora de tu cuerpo”. En cuanto a el mismo, Hans Sandhurst, segundo oficial del “Trondheim” metido en esa discu- sion con dos desconocidos sobrecargados de whisky y soda, <jque pensaba de la mujer? Pues pensaba: “No es una muchacha comun; se trata de una alma amorosa que de pronto, sin salx;r por que, ha sentido que hay una filosofia que justifica su vida, su natural sensualidad, sus aciertos v sus errores. Si dispusiera de tiempo me gustaria saber quien es ella y por que esta aqui”. Y a seguidas, por un fenomeno de traslacion mental mus frecuente en el, se encontro pensando en que debia escri- birie a aquel capitan italiano para que le diera mis detalles sobre los camarones de Honduras; sabia el nombre de su buque y le escribiria al cuidado de los armadores. A ese punto miro su reloj; marcaba la una y cuarenta y cinco minutos, mas propiamente, la una y cuarenta y dos minutos. Pero no sentia deseos de irse. El de mas edad estaba empezan- do a hablar de nuevo.
—Bien, bien; aqui tenemos a Miguel, el preocupado Miguel, elaborando una tesis de amplitud universal. jHum! Yo supongo que tienes la esperanza, mi joven amigo, de que los platillos voladores sean realidad y de que en ellos este acercandose a la tierra una humanidad mas avanzada que la nuestra, ino?
—Si, puede ser, por que no puede ser? —respondio Miguel—. Ocurrio ya, sucedio cuando los espanoles llegaron a America; para
los indios americanos las carabelas de los conquistadores eran tan inconcebibles como para nosotros los platillos, y sus tripulantes tan extranos como los habitantes de Marte hoy.
El otro sonreia.
—Miguel —dijo tomandose subitamente serio y sujetando al jo- ven por un hombro—, no desbarres; una tesis filosofica no se defien- de con argiunentos absurdos. Estas hablando de lo que desearias que sucediera, no de nada que esta sucediendo o que pueda, cientifica- mente, suceder manana.
A este punto ya la muchacha no estaba recostada en el brazo de Hans, sonando o simplemente descansando; atendia a lo que se hablaba, oia con todo su ser. No besaba, no sonreia; vivia la discu- sion. Sus ojos se hallaban fijos en el hombre que hablaba; y asi le vio volver su atencion rapidamente hacia el oficial.
—En cuanto a usted, isabe que propugna? Propugna el caos, porque ique es la felicidad? Es o no la satisfaccion de cada uno? La felicidad de los coroneles y los generales de Venezuela y de nuestra America, en que consiste si no es en derrocar gobiemos legitimos, esclavizar a sus pueblos, asesinar a sus mejores hijos, enriquecerse y tener amantes? La felicidad de un criminal esta en matar, la de un comerciante, en acumular dinero.

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