La muchacha de la guaira (1952) -4

En eso se hizo el silencio en todo el salon; es decir, silencio de seres humanos, porque la pesada maquina que daba musica seguia trabajando en su rincon y se oia el vivaz ritmo de un joropo invitandoa bailar. Una parcja dc polidas estaba de pie en el salon, uno junto al otro, y ambos recorrieron con la vista todo el ambito, llevando la mirada de mesa en mesa como si buscaran a alguien. Pero un parro- quiano alzo su mano alegremente y los llamo; los polidas sonrieron y caminaron hacia alia. Se les vio entrar en animada charla, negar uno, alegar el otro, y al fin, sin sentarse, tomaron sendos tragos y se fueron de nuevo. Uno de ellos era negro y tenia risa hermosa y natural. Hans Sandhurst penso: “He aqui un hombre que vive la vida como lo desea este senor”. Pero no lo dijo. Temia a la susceptibilidad de esa gente, que a menudo en palabras sin intencion descubria una ofensa al pais. Hablar de un policta podia resultar peligroso.
—En primer lugar —dijo el joven—, seamos corteses. El senor nos ha aceptado en su mesa y tu sabes que el no se llama Trondheim. Tu error es deliberado y ofensivo.
—Oh, no importa —atajo Hans—, pueden llamarme como deseen. Probablemente ninguno de los que estamos sentados en esta mesa volveremos a vemos pasada esta noche.
La muchacha salto como sorprendida por un ataque alevoso.
—Que has dicho; por que has dicho que no volveremos a vemos, Hans?
Mientras hablaba le sujetaba fuertemente el brazo, y en tal momento Sandhurst anoto en su mente este simple detalle: no recor- daba como se llamaba ella. “Quiza espera que me quede con ella esta noche y le pague bien por la manana”, penso. Pero la ansiedad que habia en sus ojos mientras hablaba no podia estar originada solo en la esperanza de que el le pagara bien. Habia algo mas, algo que por el momento el no podia determinar. Trato, sin embargo, de pasar por alto cuanto se refiriera a esa muchacha, sobre todo en tal momento, porque el mayor estaba hablando.
—La funcion del hombre, bah… Miguel, infinito numero de sabios ha pretendido conocerla. Y yo digo que por el camino que estas queriendo transitar llegaras a un solo lugar, que es el refugio de todos los debiles; llegaras a admitir un Dios, cualquier Dios.
—No —respondio el joven—. Por que he de refugiarme en la religion? Yo no temo a la verdad. Pero mire, senor… Sandhurst, mi tesis es esta: mi tesis es que la humanidad que puebla este planeta forma parte de un todo mayor. No se si me hago entender. Yo creo que en esos otros mundos que nos rodean hay tambien humanidad. No se que apariencia tendran, pero son seres pensantes. Nosotros, pues, somos solo una parte de esa humanidad universal. Siendo una parte, ignoramos que piensa o que siente el resto. Solo estando todos reunidos podremos aclarar que fin buscamos.
El joven iba alzando la voz. En el barullo del botiqum no se daba cuenta de que para hacerse oir en su propia mesa estaba hablando muy alto. En la mesa contigua alguien le oia. Habia alii dos hombres y dos mujeres, a simple vista muy bebidos tambien. Y he aqui que uno de esos hombres se puso trabajosamente de pie y se encamino a ellos. A buen ojo no pasaba de los treinta y cinco anos, y tenia aspecto de empleado, acaso de pequeno comerciante. Era muy oscuro, rechoncho, de espejuelos y nariz muy abierta. Usaba sombrero de fieltro. Se inclino sobre el joven y apoyo un codo en la mesa.
—Por que le preocupa a usted la humanidad? —pregunto—. Yo soy venezolano, latinoamericano, y lo que deseo saber es cual es el destino nuestro, adonde vamos.

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