La muchacha de la guaira (1952) -2

Sin duda que resultaba muy grata companera esa muchacha de la guaira, de voz lan poco usual, de gestos tan armonicos, a la vez dulec y tristc. Hans Sandhurst no podia sospechar que bajo esa tiema upurltncla hubicra un volcan bullendo. De haberlo sospechado se liahria Ido antes de las doce; con mayor precision, cuando vio su reloj de muficca a las once y tres cuartos. A esa hora habia acabado su Mexto ron y prefcria no bcber mas. Dijo:
—Tardc ya. Voy a irme porque me espera mucho trabajo manana. Kntonces c*n los ojos de la muchacha aparecio de pronto el brillo mucrto de la desolacion. Sujeto al oficial por un brazo y puso frente a el un rostro dcsatinado del cual habia huido de golpe la luz de la vida. En todo c»c rostro, sin explicarse debido a que, el vio un aire de (error. La muchacha hablo, pero no ya con aquella voz baja y tiema. lisa voz sc habia trocado en metalica, dura sin ser aguda.
—No, no: no te vayas! —dijo.
No agrego nada mas, pero Hans Sandhurst comprendio que no nccesitaba agregar palabra y, ademas, que el no debia irse. Sustituyo, pnes, su anunciada ausencia con una peticion de ron. Vio al sirviente en otra mesa, le hizo senas con un dedo en alto, y mientras le obscrvaba correr hacia el mostrador oyo que la muchacha musitaba: —Muchas gracias, oficial.
Die ho lo cual tomo amorosamente un brazo del hombre y recosto en el su cabeza. Hans vio parejas pasar bailando y tambien vio que en los labios de su companera se esbozaba una suave sonrisa. Pero en verdad no analizo la causa de cambios tan rapidos. En esas vertiginosas noches de puertos ocurria a menudo que una mujer oven se sintiera bien junto a un desconocido.
Asi iban los acontecimientos, produciendose sin importancia alguna, cuando el sirviente retomo. Traia un ron y un vaso de agua; pero traia ademas —cosa que el ignoraba, por supuesto— la semilla de la tragedia. Dijo, con sonrisa melosa, lo que impedia una respuesta negativa:
—No hay mesas vacias, senor, ni asientos desocupados en otras mesas. Alii estan dos senores que necesitan sentarse. Yo los conozco; son gente buena. Me preguntaron si usted podria dejarlos sentarse aqui. Son personas decentes, senor.
Por que no? Era habitual que en esos paises del Caribe que el conocia los desconocidos se trataran con naturalidad, como compa- neros de tripulacion. Iba a preguntarle a la muchacha, pero ella habia oido al sirviente y ni siquiera movio la cabeza; seguia recostada en su brazo, como perdida, como sonando, lo cual podia entenderse como una aprobacion.
—Muy bien —dijo el—, que vengan.
Eran dos hombres dc edad muy dispareja, de cerca de cincuenta anos, tal vez, el mayor, y de acaso veinticinco el mas joven. El primero tenia la piel muy quemada; y esto, junto con el brillante pelo negro y lacio, con los ojos, tambien negros y ligeramente asiaticos, y con algo duro y misterioso en sus facciones, denunciaba la presencia del indio en su ancestro. No era alto, pero tampoco bajo. Saludo con notable cortesia y tomo asiento. Hans Sandhurst comprendio de inmediato que el hombre habia bebido en exceso, a pesar de lo cual le oyo ordenar al sirviente:
—Dos whiskies con soda.
Despues observo el vaso de Hans, todavia lleno.
—Ah, ron —comento—. Acepteme desde ahora el proximo trago.
El joven no habia tornado asiento aun. Parecia estudiar el am- biente con mirada profunda y a la vez perspicaz. Tenia probablemen- te tanta estatura como Hans, si bien era mucho mas delgado, y de su piel palida, de sus ojos ligeramente claros, tal vez tambien de las lineas alargadas de su rostro y de su cuello —con notable nuez de Adan—, o acaso de la forma vehemente en que parecia aspirar el aire cargado de humo, se desprendia una especie de visible ansiedad, quiza una honda preocupacion o esa avidez emocional que caracteriza a los tempera- mentos creadores. De todas maneras la pareja resultaba interesante. Hans Sandhurst observaba a ambos hombres sin que se le ocurriera relacionarlos con el ni con la muchacha que se apoyaba en su brazo. Pero como sabria mas tarde, esos dos hombres llevaban consigo una mecha encendida.
Cuando el joven se sentaba, el mayor estaba preguntando:
—Americano?
Con lo cual en realidad queria saber si Hans Sandhurst era estadounidense.
—No, noruego, aunque casi tan latino como ustedes —respondio.
Hubo cierto cambio de frases, con mas propiedad, de cumplidos entre el y los dos hombres. Pero la joven parecia no haberse enterado de que ahora habia dos extranos sentados a la mesa. Seguia recostada en el brazo, y de pronto, como si hubiera estado acostumbrada a hacerlo desde hacia anos, beso con exquisita suavidad el brazo del oficial. Seguia el bullicio, resonaba la musica de los discos en el pequeno salon, se alzaban voces y risas y los tres hombres hablaban cortesmente, presentandose entre si, y ella actuaba como si se hallara a solas con Hans en una remota playa iluminada por la luna o en la intimidad de una pequena casa donde no viviera nadie mas. Por vez primera en esa noche Hans se sintio algo intrigado y se volvio a mirarla. Le gustaba el tanto a ella, o era que tenia una naturaleza de por si amorosa? Cuando levanto los ojos hallo que el joven tenia la cabeza caida como quien se siente muy cansado o como quien esta meditando con sobrehumana fuerza mental.

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