La muchacha de la guaira (1952) -1

El primer oficial tuvo razon al pensar que un asunto de tal naturaleza debia ser comunicado al capitan, pero el capitan no la tuvo cuando dijo las estupidas palabras con que mas o menos dejo cerrado el episodio. Esas palabras no tenian sentido. Veamos los hechos tal como se produjeron, y eso nos permitira apreciar el caso en todos sus aspectos.
El “Trondheim”, de bandera panamena, aunque en verdad era un barco noruego, entro en La Guaira ese dia a las diez de la manana; a las ocho de la noche habia cuatro hombres de la tripulacion perdidamente borrachos en los cafetines del puerto, uno detenido por rina y varios mas bebiendo. Los venezolanos llaman “botiquines” a los bares; en uno de esos botiquines, practicamente echada sobre una pequena mesa, con la barbilla en los antebrazos y los oscuros ojos muy abiertos, habia una joven de negro pelo, de nariz muy fina y tez dorada. Por entre las patas de la mesa podia apreciarse que tenia piemas bien hechas, pero Hans Sandhurst, segundo oficial del “Trondheim”, no estaba en condiciones de demostrar que le interesa- ba la duena de esas piemas. Conto tres hombres de su barco bebien¬do en ese botiqum, y el sabia que no tardaria en haber escandalo; y era a el a quien le tocaria despues entenderse con el capitan del puerto, ver a los agentes de los armadores, al consul de Panama y a quien sabe cuanta gente mas para obtener ordenes de libertad, pagar multas o enrolar nuevos tripulantes, si era del caso, todas las cuales podian ser consecuencia de esas bebentinas desaforadas. Hans Sandhurst, pues, preferia no fijarse en la muchacha de las bellas piemas.
Desde la ventana junto a la cual estaba sentado podia volver la vista hacia el puerto y ver alia abajo su barco, a la luz de la luna, casi perdido entre muchos mas, con los amarillos mastiles brillando y la blanca linea en lo alto de las chimeneas. Enclavada entre el mar y los Andes, La Guaira apenas tendra unos veinte metros de tierra plana
natural, y desde el mar la ciudad se ve como un hacinamiento de pequenas casas blancas trepadas una sobre la otra, destacandose sobre el fondo rojo de la montana. El Caribe espejeaba bajo la luna, hasta perderse en una lejana linea de verde azul tan claro como el cielo de esa noche. Hans Sandhurst, que de sus cuarenta anos habia pasado casi diez, intermitentemente, viviendo entre Cartagena, Panama y Jamaica, amaba ese mar, tan inestable y, sin embargo, tan cargado de vitalidad. Tres veces habia fracasado en negocios y otras tantas habia tenido que volver a su antigua carrera. Pero no seria extrano que probara de nuevo, quiza para dedicarse al corte de cedro en Costa Rica, o a la pesca del camaron en Honduras, en cuyas costas abundaba ese crustaceo segun le asegurara en Hamburgo hacia poco el capitan de un barco italiano. Se embebio Hans Sandhurst durante un rato en la contemplation de la pulida y brillante superfi- cie de agua, en sus tonos verde azules y cuando alzo su vaso de ron lo hallo vacio. Se volvio, pues, para pedir mas, y ya no estaban alii los tripulantes del “Trondheim”. El segundo oficial los busco con los ojos, moviendo la cabeza en todas direcciones. Entonces fue cuando la muchacha le sonrio.
Eso sucedio probablemente pasadas las nueve de la noche; a las once no habia mesas vacias en el botiquin. Entre voces, gritos, musica y chocar de cristales y bandejas, el lugar era la imagen misma de la atolondrada vida noctuma de un puerto en el Caribe. Muchos hombres y mujeres estaban de pie junto al mostrador. A menudo sonaba una risa aguda o se oia alguna frase obscena. Cosa extrana, la muchacha de las bellas piemas no las oia, o si las oia las ignoraba. Parecia colgar solo de las palabras de Hans Sandhurst, y de vez en cuando comentaba:
—Me gusta como hablas el espanol; hablas bonito, oficial.
O si no:
—Me gustan tus ojos; tienes ojos honrados, Hans.
Pero lo decia en voz baja, dulce y en cierto sentido triste. Habia aceptado bailar algunas piezas, y era casi tan alta como Hans Sandhurst, de hombros bien hechos, de pecho alto, de cintura fina. Vestia un traje vaporoso, de brillante color naranja. Era realmente bonita y parecia muy joven. El segundo oficial del “Trondheim” advertia que casi todos los hombres y muchas de las mujeres se volvian para mirarla cuando bailaba. Con movimiento natural, ella dejaba descan- sar su cabeza en la de el mientras duraba el baile. Probablemente era debido a lo que habia dicho una hora despues de haberse sentado el a su mesa:
—Es raro, oficial; me siento bien contigo, me siento descansada.

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