Fragata (1946) -5

—No crea que pensamos distinto, senora —admitio don Ojito.
—Entonces, ipara que se molestan? »Por que mejor no hablar con la policia?
—Lo haremos despues que hayamos agotado los medios pacifi- cos, Ana —explico su marido.
Serian las ocho y media cuando Fragata abrio la puerta y asomo por elJa la cara, que —cosa rara— estaba desnuda de pinturas. Inmedia- tamente volvio a cerrar. Los hombres cambiaron senales como di- ciendose “ahora”; y atravesaron la calle. Muy circunspecto, don Ojito llamo con los nudillos. Cuando Fragata abrio, los senores entraron con solemnidad, como si cumplieran una visita de duelo. Desde la ventana de su habitacion dona Ana los vio entrar.
—En la que nos vemos, Senor, por vivir en este barrio. Dios quiera que esa mujer no empiece ahora a insultarlos —exclamo dona Ana, volviendo la mirada hacia sus santos.
Pero, cosa extrana, no oyo la voz de Fragata. Paso un minuto, pasaron dos, tres, cinco, que a dona Ana le parecieron una hora. Fue adentro, limpio algunos muebles; despues sintio rumor de pisadas y volvio a ver hacia la calle. En ese momento, silenciosos y al parecer impresionados, los hombres se dirigian hacia ella. Dona Ana corrio a abrir la puerta.
—Los insulto? Que dijo? —inquirio.
El que hablo fue don Ojito.
—No senora. Nos oyo y se echo a llorar.
—A llorar?
—Si, y dijo que si ella hubiera sabido que les estaba dando malos ejemplos a los ninos de por aqui, se hubiera mudado hacia tiempo. Pregunto por que no se lo habiamos dicho antes.
Dona Ana parecia negada a comprender.
—Pregunto eso? —articulo vagamente. Y de pronto busco con la mirada a su marido—. iDonde esta Pepe? —inquirio volviendo la cara a todos lados, como si tuviera miedo de que Fragata lo hubiera fascinado.
—Ella dijo que queria irse hoy mismo, ahora mismo —explico don Pedrito.
Dona Ana salio a la puerta. Estaba palida y silenciosa. Durante mas de media hora, mientras llegaba la carreta y la cargaban, espero alii, sin moverse y sin hacer un comentario. Vio a Fragata salir, tan pintarrajeada como siempre, con un traje azul claro y vaporoso que la hacia ver mas gorda aun. El sol ardia en la pequena calle, de casuchas miserables. La carreta iba despacio, bailoteando. Fragata marchaba a su lado. Al llegar a la esquina la muchacha se detuvo un instante y volvio la cara. Desde su puerta, dona Ana estaba observandola. Durante unos segundos Fragata contemplo la calleja triste y sucia y los arboles que ocultaban a lo lejos el camino de Ponton; despues giro y echo a andar de nuevo.La carreta empezaba a doblar la esquina. En el silencio de la manana se oian distintamente sus crujidos, los golpes de sus ruedas contra las piedras. No tardo en desaparecer, con su marcha bamboleante. Tras ella desaparecio tambien Fragata.
Mujer al fin, dona Ana penso un momento en aquella mujer que se iba asi, sola, nadie sabia adonde. Le parecio que la vida era dura con Fragata. Pero reacciono de pronto.
—Se lo merece por sinvergiienza —dijo en alta voz.
Y antes de entrar contemplo la callecita, que volvia a ser apaci- ble a partir de ese momento.
—Por vivir en este barrio miserable —aseguro como si hablara con alguien.
Y cerro la puerta con un golpe rotundo.

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