Fragata (1946) -4

Una tarde don Pedrito le conto a don Pepe algo extrano. Dijo que cierto conocido suyo habia dormido en la casa de Fragata y a medianoche la muchacha se levanto y empezo a pegarle y a insultar- le. “Vete de aqui, condenado, maldito; vete o te voy a matar!”, gritaba Fragata. El hombre, que se habia asustado, se asusto mas cuando la muchacha paso de los insultos al llanto y se le acerco, arrastrandose sobre el piso, para agarrarse a sus piemas, gimiendo desconsoladamente, quejandose de que ni el ni nadie pudiera darleun hijo. El hombrc se vistio y huyo mientras Fragata, de rodillas en medio de la habitacion, hablaba aniarganiente con sus imageries litografiadas. Don Pedrito y don Pepe comentaron ese episodio de muchas maneras y convimeron en que Fragata estaba loca y era un peligro para todos: al final acordaron hacer algo para poner remedio a ese estado de cosas. Tal vez, sin embargo, no hubieran pasado de las palabras si al dia siguiente no hubiera ocurrido lo que ocurrio.
Ese dia siguiente fue domingo. En la noche acudio a la casa de Fragata mas gente que nunca. Los viajes a la pulperia, en pos de ron, fueron incontables. A eso de las doce se oyeron voces airadas e insultos. En varios hogares de la callecita los vecinos despertaron y algunos llegaron a abrir sus puertas. Habia un escandalo infernal, como si muchas personas hubieran estado pegandose entre si, y se oia la voz estentorea de Fragata gritar:
—No me da la gana! jMi cuerpo es mio y nadie manda en el!
Agrego varias rotundas aseveraciones, por las que el vecindario dedujo que Fragata estaba rechazando alguna insinuacion que le habia desagradado: despues se la oyo amenazar con muertes. El tumulto fue de tal naturaleza que don Pepe tuvo que salir a la acera y reclamar silenck).
En las primeras horas del lunes don Pepe se fue a ver a don Pedrito y luego acompanado de este, se dirigio a la casa de don Ojito. A eso de las ocho estaban los tres reunidos con dona Ana en la sala de esta.
—Lo que va a hacer es insultarlos, provocar otro escandalo y dejarlos en ridiculo —dijo dona Ana cuando le explicaron lo que los tres sen ores habian acordado.

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