Fragata (1946) -3

De noche empezaban a llegar a la casa de Fragata hombres que iban de otros barrios, mandaban buscar ron a la pulperia de dona Negra y armaban escandalos. Muchas veces la muchacha se emborra- chaba y salia a la puerta gritando obscenidades. Una de esas noches insulto a don Ojito, venerable de una logia, que vivia tres casas mas abajo de la de dona Ana.LON sabados cn la tardc Fragata se ponia su mejor ropa, algun trajc llcno dc arandelas y cintajos, y sacaba una silla a la acera y se scntaba alii muy circunspecta. A1 mismo tiempo, nadie sabia porque, las tardcs de los sabados era cuando Fragata resultaba mas agresiva, pucs a la menor provocation respondia con sus peores insultos. Ocurri6 muchas veces que estando en un cambio de palabrotas la muchacha saliera corriendo despues de haber cambiado subitamen- tc su cara fcroz en un rostro lleno de alegria. Era que Fragata habia visto a un nlflo y se habia olvidado de todo. Entonces parecia diferen- te; sus ojos brillaban eon una luz resplandeciente y se le advertia una espeeie de auseneia por todo lo que no fuera el nino. A veces recorria la calleeita jugando eomo si no hubiera tenido mas de siete anos. En muchas ocasiones, tras haber perseguido a un muchacho, volvia a su easa y hallaba algun amigo esperandola; entonces se metia con el en sus habitaciones, volvia para cerrar la puerta de la calle y se quedaba adentro hasta que se la veia de nuevo despidiendo al visitante.
Los vecinos vivian escandalizados. Iban a comentar el asunto con dona Ana y aseguraban, muy serios, que eso no podia seguir. Dona Ana comentaba:
—Le dije muchas veces a Pepe que no me trajera a vivir en un barrio como este.
—Pues mire, dona, que este lugar fue siempre muy pobre, pero muy deccnte —explicaba alguna vecina.
—No lo digo por ustedes —enmendaba dona Ana— sino porque a las orilias se lanza gente de mal vivir. Miren el ejemplo ahi.
“Ahi” era Fragata. En ocasiones dona Ana quedaba mal al senalar- la, porque muchas veces la muchacha parecia transformada, conver- tida de subito en un ser angustiado y digno de compasion. Se le veia caminar por la acera de su casucha, con las manos enlazadas en la espalda y la cabeza baja, y durante horas enteras permanecia silencio- sa, sin responder siquiera a las provocaciones de los hombres que pasaban. En ocasiones entraba y se lanzaba sobre su cama a sollozar; otras veces cerraba la puerta y se iba, nadie sabia adonde, para retornar al dia siguiente o dos dias despues.

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