En un bohio (1947)

La mijjer no se atrevia a pensar. Cuando creia oir pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los ojos ansiosos; despues volvia al cuarto y se quedaba alii un rato largo, sumida en una especie de letargo.
El bohio era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, y adentro se vivia entre tierra y hollin. Se volveria inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabia, y sabia tambien que no podia dejarlo, porque fuera de esa choza no tenia una yagua donde ampararse.
Otra vez rumor de voces. Como a la puerta, temerosa de que nadie pasara. Espero un rato; espero mas, un poco mas; jnada! Solo el camino amarillo y pedregoso. Era el viento ahi enfrente, el condenado viento de la loma, que hacia gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo; o tal vez el no, que corria en el fondo del precipicio, detras del bohio.
Uno de los enfermitos llamo, y ella entro a verio, deshecha, con ganas de llorar pero sin Iagrimas para hacerlo.
-Mama, no era taita? No era taita, mama?
Ella no se atrevia a contestar. Tocaba la fiente del nino y la sentia arder.
-No era taita, mama?
-No —nego—, tu taita viene dispues.
El nino cerro los ojos y se puso de lado. Aun en la oscuridad del aposento se le veia la piel livida.
-Yo lo vide, mama. Taba ahi y me trujo un pantalon nuevo.
La mujer no podia seguir oyendo. Iba a derrumbarse, como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un dia, de golpe. Era el delirio de la fiebre lo que hacia hablar asi a su hijo, y ella no tenia con que comprarle una medicina.
El nino parecio dormitar y la madre se levanto para ver al otro. Lo hallo tranquilo. Era huesos nada mas y silbaba al respirar, pero no se niovia ni se quejaba; solo la miraba con sus grandes ojos. Desde que Haeio habia sido callado.
El cuartucho hedia a tela podrida. La madre —flaca, con las sienes hundidas, un pano sucio en la cabeza y un viejo traje de listado— no podia apreciar ese olor, porque se hallaba acostumbrada, pero algo le deda que sus hijos no podrian curarse en tal lugar. Pensaba que cuando su marido volviera, si era que algun dia salia de la carcel, hallaria solo cruces sembradas frente a los horcones del bohio, y de este, ni tablas ni techo. Sin comprender por que, se ponia en el lugar de Teo, y sufiria.
Le dolia imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. Cuando el estuvo en el bohio por ultima vez —justamente dos dias antes de en- tregarse— todavia el pequeno conuco se veia limpio, y el maiz, los fri- joles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. Pero Teo se entrego, porque le dijeron que podia probar la propia defensa y que no duraria en la carcel; ella no pudo seguir trabajando porque enfermo, y los muchachos —la hembrita y los dos ninos—, tan pequenos, no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrian. Des- pues llego el temporal, aquel condenado temporal, y el agua estuvo I cayendo, cayendo, cayendo dia y noche, sin sosiego alguno, una sema- na, dos, tres, hasta que los torrentes dejaron solo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohio crio lamas y las yaguas empeza- ron a pudrirse.
Pero mejor era no recordar esas cosas. Ahora esperaba. Habia mandado a la hembrita a Naranjal, alia abajo, a una hora de camino; la habia mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. La nina habia salido temprano y no volvia. Y la madre ojeaba el camino, llena de ansiedad.
Sintio pisadas. Esta vez no se enganaba; alguien, montando caballo, se acercaba. Salio al alero del bohio, con los musculos del cuello tensos y los ojos duros. Miro hacia la subida. Sentia que le faltaba el aire, lo que la obligaba a distender las ventanas de la nariz. De pronto vio un sombrero de cana que ascendia y coligio que un hombre subia la loma. Su primer impulso fue el de entrar; pero algo la sostuvo alii, como clavada. Debajo del sombrero aparecio un rostro difuso, despues los hombros, el pecho y finalmente el caballo. La mujer vio al hombre acercarse y todavia no pensaba en nada. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos, ella le miro los ojos y sintio, mas que comprendio, que aquel desconocido estaba deseando algo.
Habia una serie de imagenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer; su hija, los huevos, los ninos enfermos, Teo. Todo eso se borro de golpe a la voz del hombre.El hombrc entro preguntando.
—Aqui?
Ella cerro los ojos e indico que liiciera silencio. Con una angustia que no le cabia en el alma, se acerco a la puerta del aposento; asomo la calKa y vio a los ninos dormitar. Entonces dio la cara al extrano y advirtio que hedia a sudor de caballo. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente, como los de los muertos.
—Unju, aqui —afirmo ella.
El hombre se le acerco, respirando sonoramente, y justamente en ese momento ella sintio sollozos afiiera. Se volvio. Su mirada debia cortar como una navaja. Salio a toda prisa, hecha un haz de nervios. La nina estaba alii, arrimada al alero, llorando, con los ojos hinchados. Era pequena, quemada, huesos y pellejo nada mas.
—Que te paso, Minina? —pregunto la madre.
La nina sollozaba y no queria hablar. La madre perdio la paciencia. —Diga pronto!
—En el no —dijo la pequena—; pasando el no … Se mojo el papel y na mas quedo esto.
En el punito tenia todo el arroz que habia logrado salvar. Seguia llorando, con la cabeza metida en el pecho, recostada contra las tablas del bohio.
La madre sintio que ya no podia mas. Entro, y sus ojos no acertahan a fijarse en nada. Habia olvidado por completo al hombre, y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situacion.
—Vino la muchacha, mi muchacha … Vayase —dijo.
Se sentia muy cansada y se arrimo a la puerta. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado, desamarrar la jaquima y subir al caballo; despues lo siguio mientras el se alejaba. Ardia el sol sobre el caminante y enfrente mugia la brisa. Ella pensaba: “Medio peso, medio peso perdido”.
—Mama — llamo el nifio adentro —No era taita? No tuvo aqui taita?
Pasandole la mano por la frente, que ardla como hierro al sol, ella se quedo respondiendo:
—No, jijo. Tu taita viene dispues, mas tarde.

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