Elsocio (1947) -9

El recien llegado hablo con voz estentorea. Dijo que habia ido a oirle, pero que no podia perder tiempo.
—Asi que diga rapidamente lo que quiere.
Adan Matias se molesto. No estaba acostumbrado a esas maneras y ya era muy viejo para cambiar.
—Si anda tan apurao puede dirse. A mi no me saca naiden de mi paso ni tolero que se me grite —rezongo.
Su oyente parecio asombrado. Era la primera vez que le habla- ban de tal forma. Dijo algo en tono mas bajo, suavizandose. Medio calmado, Adan Matias se sento en una piedra, invito a su interlocutor a que hiciera lo mismo y empezo a explicar que deseaba.
La negra noche temblaba, llena de grillos y de brisa. Arriba resonaban las hojas del amacey y algunos cocuyos rayaban el monte. Las palabras de Adan Matias eran claras y precisas:
—Dicen que uste le ayuda a cambio de su alma. Bueno, pues yo le ofrezco la mia, la de mi hija y la de la muchacha, y lo unico que le pido es que le quite su apoyo a ese condenao.
—No —oyo decir—, la de su hija y la de su nieta no; nadie puede negociar con almas ajenas; solo puede hacerlo con la suya. En cuanto al apoyo, se lo iba a retirar de todas maneras, porque esta manana, sin respetar mi presencia, nego su sociedad conmigo.
—Lo raro ta en que no lo negara antes. dNo ve que es un sinvergiienza? —En presencia mia —lamento la voz—… No estaba obligado a decir la verdad, pero …
—Pero tampoco tenia que hablar embuste —agrego Adan.
—Asi es. No tenia que hablar mentiras.
—Bueno — at a jo Adan, molesto por estar oyendo quejas que nada tenian que ver con lo que el buscaba—, ya lo sabe; cuento conque le niegue su apoyo.
—Si. Manana puede ir. Yo estare alii para ayudarle. Asi aprovecho y me llevo el alma.
Durante medio minuto, los dos estuvieron callados. Sentado en la piedra, Adan Marias se agarraba las rodillas con ambas manos. De pronto oyo preguntar:
—Y usted? iCuando me da la suya?
—Jum —comento el—, uste como que anda apurao. Cumpla con- migo, que yo no lo engano. No ve que ya soy viejo?
—Trato hecho —aseguro la voz.
—Bueno, trato hecho.
Inmediatamente la Loma del Puerco volvio a resonar. jQue ruido, senor! De seguro iban cayendose los troncos y los pedregones. Adan Matias se levanto, alzo una mano, abrio la boca y grito con todas sus fuerzas:
—Y cuidao con jugarme sucio, que de mi no se rie naiden!
Acabando de decirlo salto evitando las piedras, palmoteo el pescue- zo de su caballo, monto de un salto y echo la bestia cuesta abajo.
—A ver si llegamos a La Rosa con la fresca de la manana —le dijo en alta voz al animal.
Como si hubiera entendido, este apuro el paso.
Con la fresca de la manana llego a las orillas de La Rosa, pero la casa le quedaba distante todavia. Habia pasado ya la hora del ordeiio, porque a lo lejos, camino de los potreros, se veian unos muchachos arreando vacas. Contemplando la diversidad de siembras y el buen cuidado de cada una, el viejo Adan Matias pensaba con tristeza en su conuquito de La Gina.
Pasaban de las ocho cuando llego a la casa. En el patio trajinaban algunos peones y se oian cantos de mujeres que pilaban cafe, y por entre los cantos el golpe de los mazos en los pilones.
Adan Matias noto de entrada la ayuda ofrecida porque nadie salio a preguntarle que buscaba. Se tiro del caballo y echo escaleras arriba. Antes de llegar a la puerta del alto probo su machete para saber si salia con ligereza de la vaina. Si salia. Todo empezaba bien. Un poco fatigado, se detuvo a estudiar el sitio. Entro en una habita¬tion bien amoblada que debia ser la sala; al fondo se veia el comedor, y a la mesa, dos hombres. Cual de ellos seria don Anselmo? Ambos se reian. Seguro que el condenado estaba haciendo cuentos. Adan Matias se detuvo en el vano de la puerta.

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