Elsocio (1947) -7

Con las manos cruzadas por delante de las rodillas, sentado sobre sus talones, veia el rostro de la mujer envuelto en reflejos mientras la luz de la vela que ardia entre ambos se retorcia a los golpes del viento que entraba por las rendijas. La mujer y el viejo estuvieron un rato callados; despues Adan Matias se levanto, puso algunas monedas en la mano de la mujer, salio del cuarto, saludo al hombre y se fue. Al choque de las patas de su caballo rodaban piedras por los flancos de la loma. Casi amane- ciendo, la hija, que no habia dormido, sintio las pisadas de la bestia. Se le aplaco el corazon, que no habia dejado de saltarle en el pecho toda la noche. El viejo entro, hizo como que no oia las preguntas de Lucinda, se metio en el catre y poco a poco empezo a roncar.
—Que bueno que ta durmiendo, dipue de tanto tiempo desvelao! —comento ella.
Y tambien ella se durmio.
Pero el sueno no fue largo, porque antes de las ocho Adan Matxas estaba aparejando de nuevo al caballo para ir al pueblo en busca de azufre. Y a esa misma hora, don Anselmo recibia a un amigo de la ciudad. Los dos hombres cambiaron frases de amistad, se echaron los cuerpos en los brazos y sobre los pechos, se palmotearon las espaldas y se metieron juntos por la sala y las habitaciones de la hermosa vivienda.
—Anselmo —comento el visitante—, esto es un encanto. Aqui me paso yo quince dias de maravilla.
Se detuvieron frente a unas litografias que colgaban de una pared y vieron la radio y el fonografo, bastante viejo, con su coleccion de discos.
—Esto lo tengo para ustedes, los del pueblo —explico don
Anselmo—, porque yo me aburro con esa musica; pcro Atilio .sc empeno en que le comprara el aparato con los discos, y lo complaci.
Salieron al jardin; vieron la pequena planta electrica, cl garajc, y despues don Anselmo se puso a senalar los muchachos que pasaban y a decir cuales eran suyos.
—Ese, y aquel que va alii. Fijate en ese otro, el blanquito; mi misma cara, <jverdad?
—Pero es un ejercito, Anselmo. iY como mantienes tantos hijos?
—Yo no, los mantienen las mamas. Viven aqui y cogen lo que quieren.
—Diablos … y ahora, «como esta el haren ahora?
Rascandose el pescuezo, con el tabaco metido en una esquina de la boca, don Anselmo explico:
—Ahora no anda muy bien. Tengo una muchachita que me traje de La Gina, triguena de ojos claros. jBonita y mansa la muchacha!
De pronto los ojos de don Anselmo cobraron un tono apagado. Al parecer estaban fijos en un limonero que florecia al fondo del patio.
—Ya estoy envejeciendo —dijo con lentitud— y eso me hace sufrir. Me gusta tanto la vida que preferiria morirme ahora.
—No hables tonterias, Anselmo —desdeno el amigo.
Anselmo le cogio un brazo.
—Mira, hasta hoy he tenido cuanto he deseado. No quiero enve- jecer.

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