Elsocio (1947) -2

—Lucinda! —llamo a la hora en que la noche se cerraba sobre el monte— Uste cree en eso del Socio?
Con los ojos hinchados de llorar, la hija hablo desde la puerta:
—Y como no voy a creer, taita? Si no fuera asina, como le diban a salir bien las cosas a ese hombre?El viejo no le quitaba la mirada de arriba.
—Po conmigo se le acaban el retozo a el y al Socio! —trono; y volvio a sentarse, a pasarse la mano por la cabeza, a batir la quijada.
Aunque hiciera preguntas, tambien Adan Matias creia como su hija, y nadie ponia en duda lo que se decia de don Anselmo. Quince anos antes ni Anselmo lo llamaban, sino Chemo. Era feo y antipatico, con su perfil rapaz, de nariz corva y menton duro, con su frente pequena y sus ojos de hierro. Andaba siempre de prisa, con un gran tabaco en una esquina de la boca y levantandose los pantalones a cada paso. A los que dependian de el no les hablaba sino que les daba ordenes. Consiguio unas tierras en La Rosa, a precio de nada, y sin que se supiera como ni cuando empezo a echar palizadas hacia afuera. Fue por esos dias cuando hizo su trato con el Socio. Eso ocurrio en la Loma del Puerco, y aunque el acuerdo se llevo a cabo en secreto, al poco tiempo todo el mundo conocia el trato. La sospecha comenzo cuando en el sitio observaron que don Anselmo no perdia cosecho ni por sequia ni por lluvia, que los hombres mas hombres no le pedian cuenta por llevarles las hijas, que la viruela respetaba sus gallinas y en dandi no les daba a sus puercos, que sus gallos ganaban las peleas peor casadas, que las vacas le parian hembras todos los anos, que a ninguno de sus caballos le daba la jaba o la cucaracha. Pero con todo, la verdad absoluta no podia saberse porque don Anselmo tenia su malicia para hacer las cosas.
Y el don sabia darse gusto. Levanto en La Rosa una casa enorme, de dos pisos y con galena amplia. Abajo se fueron arrimando bohios de peones y encargados, y entre las muchachas de esa gente iba el escogiendo.
—Dentro de dos anos me guardan esta —dccia.
Usaba automovil y tenia luz electrica, nevera y fonografo. Vivia a sus anchas. Todo le salia bien. Igual que si fucran hombres, las palizadas se mantenian anda que anda, siempre hacia afucra, am* pliando la propiedad. Una tropa de peones se cncargaba de scmbrar los postes y tirar el alambre, y durante el ano entero aquella tropa vivia ocupada. Llego el dia en que sin salir de las tierras de don Anselmo podia irse de Hincha a Rincon flanqueando la cordillcra y sin tener que repechar una loma. Entre las ccrcas habia leguas de potreros, platanos y cacaotales, extensiones enormes de maiz y de pinas.
Hubo anos en que el don agoto la cosecha dc muchachas de I.a Rosa, y entonces se iba a otros lugares y las pagaba en lo que le pidieran. Las admitia de cualquier color, siempre que fucran ticrnas; pero las preferia triguenas, como la nieta de Adan Matias.
Le gustaban triguenas como le gustaba la tierra con aguadas, igual a la del Negro Manzueta. Y estaba acostumbrado a que todo el mundo cediera ante el, por las buenas —con su dinero— o por las malas, como tuvo que ceder Dionisio Rojas.
Y al hablar del Negro Manzueta conviene decir que se habia despertado muy contento.
—El gusto que me voy a dar! —dijo en alta voz al echarse de la barbacoa.
Con las costillas casi fuera del cuerpo y las ancas puntudas, el perro aguardaba ordenes.
—Ajila por ai, Tiburon, que hoy arreglamos eso de la paliza! —grito Manzueta.
Salio al claro y se entretuvo en ver como de los arboles cercanos se levantaban bandadas de ciguas y como el sol vidriaba las pencas de las palmas; despues se puso a recoger chamariscos, y al rato, ya sudado, se dio una palmada en la frente.
—Anda la porra! —dijo asombrado— … Si la cuaba arresulta mejor.
Diciendo y haciendo. Se metio en el bohio, cogio un hacha y un machete y seguido por el perro tomo el camino de la loma. Llego pasado el mediodia. El sol era candela. El Negro Manzueta subio sin fatigarse y alia arriba empezo a darle hacha a un pino mediano. Estuvo hasta media tarde sacando astillas de cuaba, despues gasto media hora buscando bejucos, amarro las astillas y bajo, con ellas al hombro y el perro pegado al pie.

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