Elsocio (1947) -1

Justamente a una misma hora, trcs hombrcs que cstaban a distancia pensaban igual cosa.
En su rancho del Sabanal Negro Manzueta maquinaba vengarse de don Anselmo y calculaba como hacerlo sin cjue el Socio sc diera cuenta de lo que planeaba; en la carcel del pueblo Dionisio Rojas cavilaba como matarlo tan pronto saliera de alii y de que mancra se las arreglaria para que el Socio no saliera en defensa de aquel odiado hombre; en su bohio de La Gina, sentado en un catre, el viejo Adan Matias apretaba el puno lleno de ira porque no haliaba el medio de matar a don Anselmo sin que el condenado Socio se enterara y pretendiera evitarlo.
Boca arriba en su barbacoa, el Negro Manzueta fumaba su cachimbo y meditaba. No veia como recobrar sus tierras. Los agri- mensores llegaron con polainas y pantalones amarillos, con sombreros de fieltro y espejuelos; cargaban palos de colores y un aparato pequeno sobre tres patas; estuvieron chapeando, y aunque el sospe- cho que en nada bueno andaban, se quedo tranquilo para no tener lios con la autoridad. Ademas, que miedo iba a tener? Esas tierras eran suyas; el viejo Manzueta las habia comprado a peso de titulo, las heredo el hijo del viejo —su taita—, y luego el.
Don Anselmo estuvo un dia a ver el trabajo de los agrimensores y llego hasta el rancho.
—Andamos aclarando esto de los lindes, Manzueta —dijo.
Y el Negro Manzueta no respondio palabra. Estaba contento de que lo visitara don Anselmo, el dueno de medio mundo de tierras. Estuvo observandole la mulita, inquieta como mariposa.
-Esa fue la que trajo en camion de San Juan? —pregunto.
Don Anselmo no debio oirlo; miraba gravemente el trabajo.
-Bajese pa que tome cafe, don —invito el Negro.
El visitante no quiso bajarse porque andaba apurado. Apurado …
—I lay que arreglar prlmero lo del Socio —se decia Manzueta mien- Iras, rehuyendo las durezas tic los varcjones, daba vucta en la barbacoa.
Vucltas cstaba tlantlo tambien en su camastro DionMo Rojas. El pueblo se hallaba a deccnas de kilomctros del Sabanal, hacia el sur, y la carcel quctlaba en una orilla del pueblo. A dos dias de su Jibertad, Dionisio Rojas no tlcjaba dc pensar en la maldad que le habian hecho. No sc trataba dc la res, y el lo sabia bien como lo sabia don Anselmo; se trataba de la vercda que pasaba por su conuco. Don Anselmo tenia necesidad de csa vercda porque le acortaba la distancia de sus tierras a la carretcra. Su hermant) estaba dispuesto a entrar en arreglos, pero el no, y por eso inventaron lo de la res. Como lo hicieron, que ni los perros se dieron cuenta? Dionisio llego a pensar si su hermano no habia estado en la combinacion. Dijeron que la res se habia perdido, llegaron al bohio y se pusieron a investigar. Hallaron la cabeza y las patas enterradas en el patio, y mas adentro, en pleno conuco, el cuero. Por que los perros no desenterraron esas cosas para comerselas? Dionisio no lograba averiguarlo. Era para morirse de tristeza. Lo habian hecho pasar por ladron, a el, Dionisio Rojas, un hombre criado tan en la ley, un hombre de su trabajo! Don Anselmo tenia que pagar su “acumulo”.
La tarde caia velozmente y desde su camastro podia el preso ver el rio, que rodeaba la carcel por el oeste. En chorro impetuoso, las sombras iban metiendose en las aguas, ennegreciendolas.
Asi ennegrecian esas mismas sombras las aguas del arroyo en La Gina. El lugar —tres docenas de bohios desperdigados bajo los palos de lana o en los riscos del arroyo— estaba al oeste del pueblo, a un dia de camino en buen caballo. Alii, sobre el catre, pasandose la mano por la cabeza, casi arrancandose los pelos, estaba el viejo Adan Matias. Era bajito, flaco y rojo. Su bigote cano temblaba cada vez que
el batia la quijada. Por momentos sc ponia de pie, recorria el cuartucho a grandes pasos y volvia a sentarse. Su hija Lucinda se asomaba a la puerta.
—Tranquilicese, taita. Despues con calma se arregla eso.
Pero tambien Lucinda estaba triste y lloraba a escondidas. El viejo, que lo sabia, se llenaba de colera.
—Ella tiene la culpa, taita —pretendia alegar Lucinda.
—Culpa ella, una criaturita sin eda pa saber lo malo?
Cuanto mas se le hablaba peor se ponia el viejo. Iba y volvia por el cuartucho, se sentaba, se paraba, agarraba el machete. Al fin parecio haber resuelto algo.

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