EL VIEJO INSTITUCIONALISMO O INSTITUCIONALISMO ANTERIOR

Ha quedado demostrado, sin lugar a dudas, que el primer gran institucionalista fue Adam Smith, al grado de llegar a concluir que los factores institucionales son los determinantes últimos del progreso económico. Sin embargo, tanto él como muchos otros economistas, al tratar a las instituciones como algo exógeno al sistema económico o como un factor constante, no desarrollaron una teoría propiamente de éstas y dejaron de lado el estudio de su incidencia en el sistema económico y social de los países. Hacia finales del siglo xix, pero sobre todo, en las dos pri-meras décadas del siglo xx, surgió una corriente del pensa-j miento económico, que se confrontó a la corriente económica dominante basada en los textos de la escuela neoclásica o marginalista, a la que critican, denunciando que lo que en la teoría económica suelen llamarse “leyes” son en realidad fe-nómenos contingentes que dependen de factores históricos, sociales e institucionales, pues consideraron que hay muy pocas cosas inmutables en la economía y muchas que son influenciables por los individuos y las instituciones. Los insti- tucionalistas americanos fueron los primeros en destacar la importancia económica de los hábitos de conducta y de pen-samiento de los grupos humanos y trataron de analizar y comprender el complejo de instituciones sociales. Estuvieron muy influidos por los historicistas alemanes y utilizaron con- ceptos procedentes de la psicología y del evolucionismo dar- winista.

No es sino hasta el siglo xx, a fines de los años veinte y principios de los treinta, cuando, inspirados por la idea del cambio e innovaciones de Schumpeter, en los trabajos de Clark y Young así como en las analogías del individuo econó­mico con el biológico (evolutivo y organisista] formalizan el nacimiento de esta importante escuela del pensamiento eco­nómico y antecedente primero del neoinstitucionalismo, de manera formal.

Thorstein Veblen es uno de los primeros críticos de la economía tradicional, sobre todo de la teoría neoclásica (mar- ginalista) que al centrar su atención en los recursos escasos para una mejor asignación de estos, construye un mundo imaginario basado en el conocimiento perfecto, la información perfecta, las señales inequívocas del sistema de precios y el funcionamiento óptimo del mecanismo de mercado, logrando llevar al sistema económico y social al equilibrio general (par­cial y dinámico] per sécula seculorum.

Para Veblen el desarrollo económico se ocupa de los cam­bios de los modos de hacer las cosas y, al contrario de los economistas ortodoxos que ponían énfasis en la acumulación del capital para lograr éste, sostenía que los cambios del factor humano propician el desarrollo económico. El hombre cam­bia, desarrolla su percepción y su apreciación del modo cómo se pueden utilizar y mejorar las cosas pues, los cambios sur­gidos de las innovaciones constituyen una manifestación de los cambios del factor humano. Concibió al stock de capital, como un fruto del conocimiento y de la destreza del hombre. Es decir, como un hábito frecuente del pensamiento. Por esta naturaleza mutante del pensar, se interesó en explicar cómo es el cambio.

Concibió al cambio económico como un cambio de la co­munidad económica, un cambio en los métodos para sacar provecho de las cosas, pero sobre todo, como un cambio en los hábitos de pensamiento. En este orden, creyó que el sur­gimiento de las instituciones es una respuesta a ciertos hábi­tos de pensamiento y éstas, moldean un cierto tipo de desarro­llo económico. A su vez, la evolución de las instituciones es esencial en este proceso, pues su interrelación e incidencia en el sistema económico es crucial. El problema central que mo­tiva el cambio institucional debe ser el interés económico co­lectivo por sobre el individual y dependiendo de cómo se controlen los distintos hábitos de pensamiento de los indivi­duos, resultará en una evolución o estancamiento de las ins­tituciones.

Así, el fundamento de la empresa está dado por la institu­ción de la propiedad, y sus principios son pecuniarios en ella; los cambios tecnológicos introducidos como consecuencia de la estructura institucional, vienen dados por un sistema de institu­ciones rivales en el que la lógica interna del sistema da lugar a contradicciones que crean su propia transformación.

Wesley Mitchell, también criticaba los supuestos de la teoría neoclásica, particularmente los relacionados con las preferencias o gustos, por su exogeneidad. Los descartaba para analizar fenómenos económicos, pues éstos son mucho más complejos que lo que esta teoría los hacía aparecer. Decía que, los economistas neoclásicos, al interesarse en individuos imaginarios que acuden a mercados imaginarios, con escalas de precios de oferta y demanda que se interceptan en un pun­to imaginario, restaban seriedad al análisis económico, que por naturaleza es complejo. Por lo tanto, no sería marco ade­cuado para el estudio del fenómeno del desarrollo económico, pues, no es posible describir la evolución de la economía (me­dición del pib) con una única serie temporal para describir el desarrollo económico, sino que es necesario analizar toda una variedad de indicadores.

John R. Common define a la institución como la acción colectiva en el control, la liberación y la expansión de la ac­ción individual. Ese control colectivo, puede consistir en costumbres sin organizar o en acciones organizadas a través de las instituciones existentes como el Estado, la familia, la iglesia, la sociedad anónima, el sindicato, etc. Su unidad bási­ca de análisis era la transacción que implicaba la enajenación y adquisición, entre los individuos, de los derechos de propie­dad y libertad creados por la sociedad. Consideraba tres tipos básicos de transacción: las de negociación, las de gestión y las de racionamiento, ésta implicaba el racionamiento de la rique­za o del poder adquisitivo por parte de una autoridad superior. Las transacciones de gestión suponían una relación de obe­diencia en la organización de la producción, y las negociacio­nes suponían un acuerdo voluntario entre iguales desde un punto de vista jurídico. Pero esto no significaba que las partes tuvieran el mismo poder de negociación, ya que los términos de negociación dependían de la capacidad de cada parte para quedarse con lo que quería de la otra.

A diferencia de Mitchell y Veblen, él sí considera en su análisis a la escasez de recursos como los determinantes del progreso, pero a diferencia de los neoclásicos que ven al mer­cado como el mejor asignador de éstos, dice que es el poder quien decide su asignación y evita así posibles conflictos por la posesión de tales recursos, con la aparición de una institu­ción para que las transacciones se realicen pacíficamente. Cada una de las instituciones está regida por su propio con­junto de reglas o normas de funcionamiento. Estas normas deben cambiar constantemente en la institución e indican lo que puede, debe o no debe hacerse, u obligar a hacer a los individuos, mediante estímulos y sanciones.

Destacan tres aspectos de control colectivo: a) la existen­cia de normas que rigen la conducta, crean oportunidades e imponen restricciones; b) la incorporación en la economía institucional de la ética y la jurisprudencia, y c) la existencia imparcial de un árbitro externo que permita introducir consi­deraciones éticas, pues de otra manera las negociaciones de­penderían sólo del poder.

Para él, las normas son necesarias y su supervivencia dependería de su capacidad para mantener unidos en una institución permanente los egoísmos arrogantes I ilimitados de los individuos presionados por la escasez de recursos. En este sentido, ve a las instituciones como el mecanismo para resolver problemas, entes que evolucionan en función de los nuevos problemas. Al tener su origen en la resolución de conflictos y en la acción conjunta, implica necesariamente, la selección de hábitos y prácticas de los buenos individuos frente a los malos que debilitan al grupo en su conjunto. Con­cluye afirmando que algunas instituciones pueden modificar­se por medio del poder político y por medio del derecho con­suetudinario.

Clarence E. Ayres también crítica a la economía neoclásica al rechazar su concepto de equilibrio, pues éste no establece una causa y un efecto,- también critica el hecho de conceder mucha importancia al capital; y el no otorgar suficiente peso a la tecnología en tanto patrón absoluto de valor. Niega que los deseos estén dados y que el consumo sea el fin de la actividad económica y, afirma que la economía debe ser una ciencia del valor y no del precio, ya que el precio no puede medir el valor de bienes y servicios.

Quien, desde el punto de vista de la estructura del merca­do dinámico expresa mejor algunos preceptos del institucio- nalismo es J.K. Galbraith para quien la economía está domina­da por el monopolio, que establece políticas para manipular los gustos y preferencias de los consumidores, por medio de la mercadotecnia. El monopolio, desvía hacia caminos poco deseables la pauta de las actividades económicas, por lo que, este tipo de empresa debe ser regulada. Ve en el fomento al consumo privado sobre el público una manera de sesgar la distribución del ingreso.

Gunnard Myrdal, quien a fines de los sesenta se introdujo en la perspectiva institucionalista concede una gran importan­cia, al hecho de que los factores sociales influyen en la forma en la que los economistas enfocan los problemas; rechaza la posibilidad de erradicar los juicios de valor del análisis econó­mico y considera que la investigación económica debe ocupar­se de muchos más aspectos que la economía convencional y, específicamente de factores institucionales.

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