El padre, Loreto Prieto Higuerey, un Hefesto

Pueblo de amistades entranables al que mi padre consagra- ba afanes de servicio y nobles menesteres: escuelas, bibliote- cas, centros culturales, el consejo, el libro, la beca y el esti- mulo para poner ambiciones de ser y de servir.
Luis Beltran Prieto Figueroa, a sus ochenta anos, al desplazarse en el tiempo a traves de ese magico objeto llamado memoria, recordo a su padre, Loreto Prieto Higuerey, en el taller de joyeria:
adelgazando el oro, haciendo pasar los hileros de ojos multiplicados el brillante metal.
Lo evoco, entonces, como el Hefesto griego, aquel senor del elemento Igneo que los romanos llamaban Vulcano, quien, ayudado por los Ciclopes, trabajaba los metales para forjar joyas y armas para los dioses en sus talleres, que son los volcanes: los trabajos manuales tam- bien tenian su lugar en el Olimpo griego. En efecto, Luis Beltran admiraba en esa divinidad su condicion de traba- jador, virtud que tambien admiro en el padre por encima de cualquier otra.
Loreto Prieto Higuerey cumplio funciones publicas que le permitieron proyectarse socialmente, defendiendo los derechos de los mas necesitados y promoviendo el desarrollo cultural de la region:
interpretando leyes, aplicando justicia, defendiendo a los pobres del torcido derecho Para Luis Beltr&n Prieto Figueroa fue trascendente en la vida laboral de su pap& el hecho de haber trabajado con la “lima, el buril o la segueta”, “con el soplete en los labios” para veneer la resistencia del metal y moldear una joy a, “pura ofrenda del hombre, para el uso del hombre”. Trabajaba, al mismo tiempo, con la materia mineral y humana. Moldeaba los metales y daba forma a sus hijos, educandolos como ciudadanos “hechos para el servicio”.
Prieto Figueroa critico a su padre el hecho de que apli- cara en la formacion humana de sus hijos la misma dure- za y fuerza que empleaba para moldear la materia mine¬ral, pues consideraba que el artifice tallaba cortando las raices para que la joya cristalina brillara pura. En el caso del hombre, habia que respetar, profundamente, la pri- migenia materia humana, de esencia unica e irrepetible.
el hombre no seforja a golpe de martillo sus aristas se pulen como las del diamante en el polvo que dejan sus facetas, por eso esplende solo.

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