El hombre que lloro (1953) -5

El distinguido Gomez, todavia con la granada en la mano, se corrio hacia el centro; el teniente dio la vuelta y entro por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo dere- cho. Subitamente liberado de su reciente inquietud, Regulo Llamozas sentia necesidad de decir un chiste, de saludar con efitsion al amigo que le habia salido al camino en momento tan dificil. El teniente Ontiveros encendio el motor, puso la luz y la ranchera echo a andar. En un instante Turmero quedo atras. Regulo Llamozas se volvio al recien llegado y le echo un brazo por el hombro.
—Vale Luis, que alegria! Nunca pense que te vena en este viaje.
—Pues ya lo ves, Regulo. Aqui estoy, siempre en la linea. Me dijeron que debia acompanarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo; de Barquisimeto en adelante te acompanara otro.
Hablaron un poco mas de las tareas clandestinas, de los desterra- dos, de los caidos.
—Yo tema reunion con Leonardo la noche de su muerte —dijo Luis.
El teniente menciono a Omana, conto cosas suyas. Los faros iban destacando uno por uno los arboles de la carretera; y de pronto hubo silencio, porque estaban llegando a la alcabala de Maracay.Fue despues que les dieron paso cuando Luis inicio un tema nuevo. Movio el cuerpo hacia su izquierda, como para ver mejor a Regulo, y pregunto de pronto:
—Como esta Aurora? Hallaste grande a Regulito?
—No los he visto —explico Regulo—. Yo entre por Puerto La Cruz y todavia no he estado en Valencia. Estoy pensando que si pasamos por Valencia despues de la una podria llegar un momento a la casa, pero tengo sospechas de que la Seguridad este vigilando los alrede- dores.
—En Valencia? —pregunto Luis, con acento de sorpresa—. Pero si Aurora no vive en Valencia. Vive en Caracas.
Regulo Llamozas sintio que le daban un latigazo en el centro del alma.
—Como en Caracas? Desde cuando? —inquirio casi a gritos.
—Desde que su papa se puso grave.
Regulo no pudo hacer otra pregunta. Se sentia castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. Comenzo a pasarse una mano por la barb ilia y sus negros ojos se endurecian por momentos.
—^Pero tu no lo sabias? —pregunto el amigo.
Regulo trato de dominar su voz, temerosa de hacer un papel ridiculo.
—No, vale —dijo—. Tengo tres meses aqul y hace cuatro que sail de Costa Rica.
—Pues si —explico Luis— … Ella vive en la calle Madariaga, en Los Chaguaramos, en una quinta que se llama Mercedes.
No se oyeron mas palabras. Ya estaban en Maracay. Debia ser media noche, y la brisa de las calles llegaba fresca despues de su paso por los samanes de la llanura. El teniente Ontiveros volvio el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lagrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gomez.

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