El hombre que lloro (1953) -4

Camino hacia Maracay, silenciosos el y el companero, Regulo Llamozas se dejaba ganar por la extrana sensacion de que ahora, en medio de la oscuridad de la carretera, iba consustanciandose con su tierra, volviendo a su ser real, que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela. Mientras la ranchera rodaba en la noche, el saboreaba lentamente una emocion a la vez intensa y amarga. Esos campos, ese aire, eran Venezuela, y el sabia que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. Sin embargo tenia conciencia de otra sensacion; la de una grieta que se abria lentamente en su alma, como si la rajara, y la de gotas amargas que destilaba a lo largo de la grieta.
En verdad, solo ahora, cuando se encaminaba de nuevo al destie- rro, encontraba a su Venezuela. <<Quien puede dar un corte seco, que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugandose la vida no era un mero hecho geografico, simple tierra con casas, calles y autopistas encima. Habia algo que brotaba de ella, algo que siempre habia envuelto a Regulo, antes del exilio y en el exilio mismo; una especie de corriente intensa; cierto tono, un sonido especial que con- movia el corazon.
—Vamos a parar en Turmero —dijo de pronto el teniente—. Va a subir ahi un companero. Creo que usted lo conoce, pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero.
Cruzaban los valles de Aragua. Serian las once de la noche, mas o menos, y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. Regulo no respondio palabra. Cada vez se concentraba mas en si mismo; cada vez mas parecia clavado, no en el asiento, sino en las duras sombras que cubrian los campos. Iba pensando que habia estado tres meses viviendo en un estado de tension, con toda el alma puesta en su tarea; que en ese tiempo habia sido un extrano para si mismo, y que solo al final, esa misma tarde, minutos antes de que sonara el telefono, habia dado con una emocion que era personalmente suya, que no procedia de nada ligado a su mision, sino a la simple imagen de un nino que jugaba en bicicleta al sol de la tarde.
—Turmero —dijo el teniente cuando las luces del poblado parpa- dearon por entre ramas de arboles.
En un movimiento rapido, el teniente Ontiveros guio la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comer- cios mas importantes del lugar. Habia a los lados maquinaria de la empleada en la construction de la autopista, camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movian dentro de los botiquines.
—Quedese aqrn. El companero viene conmigo dentro de un momento —explico Ontiveros.
—Esta bien —acepto Regulo.
Trato de no llamar la atencion. No dcbia hacerse el misterioso. Lo mejor era mirar a todos los lados. “Hasta Turmero cambia”, penso. Vio al teniente que bebia algo frente al mostrador y que volvia la cabeza a un sitio y a otro, sin duda tratando de dar con el companero que viajaria con ellos. “El teniente este esta jugandose la vida por mi. No, por mi no; por Venezuela”, se dijo. En realidad, eso no le causaba asombro; el sabia que habia muchos militares dispuestos a sacrificarse.
La brisa movia las hojas de un arbol que quedaba cerca, a su izquierda, y de alguna Have que el no podia ver caia agua. Agua, agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio, alia en Caracas; si, en Caracas, en el pedazo de calle de Los Chaguaramos, solitario como la calle de un pueblo abandonado; alii donde el pequeno ciclista pedaleaba sin cesar, seguido por el cachorro.
No estando el teniente con el, se sentia intranquilo; de manera que lo mejor era tener una granada en la mano, por lo que pudiera suceder. La saco de la cartera y empezo a palparla. En ese instante oyo pasos. Alguien se acercaba a la ranchera. Miro de refilon, tratando de no dar el rostro; eran el teniente y el companero. Hablaban con toda naturalidad, y en una de las voces reconocio a un amigo. Pero se hizo el desinteresado.
—Podemos ir los tres delante —dijo el teniente Ontiveros—. Co- rrase un poco, distinguido Gomez.

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