El hombre que lloro (1953) -3

Ahora si sonaba un auto en la calle. Otra vez, de manera subita, sintio la paralizacion total de su ser. La impresion fue clara: que todo lo que bullia en su cuerpo se habia detenido de golpe. Reacciono con toda el alma, imponiendose a si mismo valor. “La bicha, primero la bicha”, dijo; y en un instante se hallo en el dormitorio, con una granada de nuevo en la mano derecha. Cautamente torno a entreabrir la persiana. Un Buick verde venia pegandose a su acera. Habia dos hombres dentro; uno al timon, otro atras. En una fraccion de segundo Regulo reconocio al de atras. A seguidas metio la granada en la carte- ra, sujeto esta, corrio a la sala, salio a la calle, cerro la puerta tras si y en dos pasos estuvo en el automovil.
—Que hay, companero —dijo.
El que hacia de chofer puso el carro en movimiento, tal vez un poco mas de prisa de lo que convenia. Regulo volvio el rostro. No se veia otro auto en la calle. La negra salia corriendo en pos del nino y el perro saltaba tras ella.
—Cayeron Munoz y Guaramato —dijo el de atras.
—Mufioz y Guaramato? —pregunto Regulo.
Mala cosa. Los dos habian estado con el en una reunion, tres noches atras.
—Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte —opino el que manejaba.
—Si —aseguro el otro.
Regulo Liamozas no pudo opinar. Iban con el y por el, pero el no podia decir que via le parecia mas segura. Durante tres meses no habia podido decir una sola vez que queria ir a tal sitio; otros le llevaban y le traian. Tres meses, desde mediados de abril hasta ese dia de julio, habia semivivido en Caracas, saliendo solo de noche; tres meses en las tinie- blas metido en el corazon de una ciudad que ya no era su Caracas, una ciudad que estaba dejando de ser lo que habia sido sin que nadie supiera decir que seria en el porvenir; tres meses jugandose la vida, viendo companeros de paso en reuniones subrepticias, cambiando impresio- nes a media voz, transmitiendo ordenes que habia recibido en Costa Rica, instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. No habia podido ver el Avila a la luz del sol ni habia podido salir a comerse unas caraotas en un restoran criollo. Todo el mundo podia hacerlo, millones de venezolanos podian hacerlo; el no. “Colinas de Bello Monte”, penso. De pronto recordo que habia estado en esa urbanization dos semanas
atras, en la casa de un ingemero, y que desde una ventana habia estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda, que se perdian hacia Petare, y los huecos iluminados de docenas de altos edificios, que se levantaban en direccion de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro.
—Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro —dijo el de atras hablando con el que guiaba.
—Habran hablado Munoz y Guaramato? —pregunto Regulo.
—Esos companeros no hablan, vale. Pero ya tu sabes: el tigre come por lo ligero. Esta misma noche estas raspando. Lo que venga que te coja afuera.
—Por donde me voy?
—Por Colombia, vale. Ya no esta ahi Rojas Pinilla. Ese camino esta ahora despejado.
Por Colombia… Rojas Pinilla habia caido hacia dos meses … Desde luego, para ir a Colombia habia que pasar por Valencia, y de paso, seria una locura ver a Aurora? Pero claro que seria una locura. Si la Seguridad Nacional sabia que el estaba en Venezuela, la casa de su familia tenia vigilancia dla y noche.
-Oye, vale, el camino de aqui a la frontera es largo -dijo.
-Bueno, pero eso esta arreglado. Tu vas a viajar seguro. Figurate que vas a ser soldado, el distinguido Juvenal Gomez, y que te va a llevar un teniente en su propio auto. Hay que trasladar el retrato de tu cedula a otro papel, nada mas.
Un automovil negro paso rozando el Buick; de los cuatro hom- bres que iban en el, uno se quedo mirando a Regulo. Durante un instante Regulo temio que el auto negro se atravesaria delante del Buick y que los cuatro hombres saltarian a tierra armados de ametra- lladoras. No paso nada, sin embargo. Su companero comento:
—Pavoso el hombre.
Regulo sonrio. De manera que el otro se habia dado cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba.
—Un teniente? —pregunto llevando la conversacion al punto en que habia quedado— Pero de verdad o como yo?
—De verdad, vale … El teniente Ontiveros.
El teniente Ontiveros llego manejando una ranchera justo a la hora acordada, y hablo poco pero actuo con seguridad. Regulo Llamozas, convertido ahora en el distinguido Juvenal Gomez —con todo y unifor- me— comenzo a sentirse mas confiado cuando dejo atras la alcabala de Los Teques; en la de La Victoria, ni el ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehiculo.

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