El hombre que lloro (1953) -2

La barloventena volvio a entrar en la Quinta Mercedes. Estaba ella cerrando la puerta tras si cuando a las espaldas de Regulo sono el telefono. No esperaba llamada alguna. Se sorprendio, pues, desagra- dablemente, pero acudio al telefono.—Es ahi donde alquilan una habitacion? —dijo una voz de hom- bre tan pronto Regulo habia descolgado.
—Si —respondio.
En el acto comprendio que ese simple “si”, tan breve y tan facil de decir, habia sido tembloroso. El era un hombre duro, y ademas con idea clara de su funcion y de los peligros que se desprendian de ella. Nadie sabia eso mejor que el mismo. Pero ahora estaba frente a la realidad; habia llegado al punto que habia estado esperando desde had a tres meses.
—Entonces voy a verla dentro de una hora —dijo la voz.
—Esta bien; lo espero —contesto Regulo, tratando de dominarse. Colgo, y en ese momento sintio que le faltaba aire. Luego, habian dado con su escondite. Probablemente cuando sus compane- ros llegaran ya habrian estado alii los hombres de la Seguridad Nacional. Durante una fraccion de minuto hizo esfuerzos por sere- narse; despues, con movimientos rapidos, se dirigio a la habitacion y del cajon de la mesa de noche saco su pistola. Era una Liiger que le habia regalado en Panama un amigo dominicano. Se metio en el bolsillo izquierdo del pantalon dos peines cargados y se coloco el arma en la cintura, sobre la parte derecha del vientre, sujetandola con el cinturon. A esa altura tuvo la impresion de que su energia se habia duplicado; todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacia mas receptivo. Oyo con mayor claridad el ruido del agua que caia en la taza del servicio, las chicharras de la calle, los ladridos juguetones del cachorro, que debia estar correteando toda- via tras el pequeno ciclista. Pero su atencion estaba puesta en los automoviles. Esperaba oir de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. Si eso sucedia y el nino se hallaba todavia en la calle, correria peligro, porque el, Regulo Llamozas, no se dejaria coger facilmente. La sola idea de que el nino pudiera ser herido le atormento fieramente y le produjo colera. Se sintio encolerizado con la negra, que no se Uevaba al muchacho, y con la senora Mercedes, sin saber quien era ella. De la cintura arriba le subio un golpe de sangre calida; llegaba en sustitucion de la que habia huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyo a traves del telefono la pregunta sobre la habitacion que se alquilaba. En escasos minutos su organismo habia sido sacudido y llevado a extre- mos opuestos.
A causa del nirio cstaba olvidando cosas importantes. “Gua, las bichas”, sc dijo de pronto; y se dirigio al closet; lo abrio y de la tabla dc abajo saco una gran cartcra negra. Halo el ziper. Alii estaban “las bichas” —tros granadas de pina, pintadas de amarillo—, los papeles y su unica rcmuda de interiores y mcdias, todas piezas de nylon. Coloco la cartera sobre la cama, descolgo su palto y fue a coger su corbata, que estaba en el espaldar de una silla, sin embargo no la cogio, porque alguna fuerza oscura le llevo a sacar de la cartera una granada, que sopeso cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. De ese amarillo y pesado huevo metalico, cuya cascara estaba formada por cuadros, fue emanando una sensacion de seguridad que en escaso tiempo devolvio a Regulo Llamozas el dominio de sus nervios. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”, penso. A seguidas volvio a colocar la granada en la cartera; despues se puso la corbata y el palto. Sin duda alguna se sentia mejor.
Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos, pero nadie podia saber cuanto faltaba para que llegara la Seguridad Nacio- nal. Desconfiado de sus propios oidos, Regulo entreabrio de nuevo una hojilla de la veneciana, pues muy bien podia haber gente a pie vigilandole ya. Enfrente solo se veia al muchacho felizmente entrega- do a su incansable pedalear. El cachorro se habia rendido, por lo visto; estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes, muy ergui- do, mirando a su amito con ojos alegres y humedos de temura, la lengua colgandole por un lado de la boca, una oreja enhiesta y la otra cafda. Regulo abandono el sitio y se fue a la sala.
La quinta en que se hallaba tenia solo dos dormitorios. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos, ella maestra y el vendedor de licores; salian temprano y no volvian hasta las siete y media o las ocho de la noche. Regulo habia hablado poco con ellos, entre otras razones porque haria solo dos dias que lo habian llevado a esa nueva “concha”. En la sala habia muebles pesados, algunos retratos familia- res, un Corazon de Jesus de buen tamano, un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitacion de porcelana en dos rinconeras. Regulo hallo que esa sala se parecia a muchas. “A Aurora le gustarian estos muebles”, se dijo. “Si tengo que defenderme aqui, estos corotos van a quedar inservibles”, penso. De inmediato se hallo recordando otra vez a su mujer. Si lo mataban o si lograba huir, la Seguridad iria a su casa, detendria a Aurora, tal vez la torturarian, y Aurora no podria decir una palabra porque el no habia querido ni siquiera enviarle un recado. “La primera sorprendida seria ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”, se dijo. De inmediato,sin saber por que, recordo que en la casa del pequeno ciclista estaban csperando al doctor para ver al abuelo. “Esos doctores se tardan a voces cuatro y cinco horas”, penso.

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