El hombre que lloro (1953) -1

A la ESCASA del t;iblcro cl tcnicnte Ontiveros vio las lagrimas cayendo por el rostro del distinguldo Juvenal Gomez, y se asombro de verlas. El distinguido juvenal Gomez iba supuestamente destinado a San Cristobal, y el teniente ontiveros sabia que hasta unas horas antes Juvenal Gomez habta sido, segun afirmaba su eedula, el ciudadano Alirio Rodriguez, comcrelante y natural de Maracaibo; y sabia ademas que Juvenal Gomez y Alirio Rodriguez cran en verdad Regulo Llamozas, un hombre de corazon firme y nervios duros. El teniente ontivros no hizo el menor comentario. Las lagrimas corrian  el rostro cetrino, de pomulos anehos, con tanta abundancia y en forma tan impctuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gomez no se daIxi cucnta de que cstaban atravesando Maracay.
las lagrimas, en rcalidad, habian empezado a acumularse ese dia a las cuatro dc la tarde, pero ni el propio Regulo Llamozas pudo sospecharlo entonccs. A las cuatro de la tarde Regulo Llamozas se habia asomado a la veneciana, levantando una de las hojillas metali- cas, para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. Esto sucedia en (Caracas, Jibanizacion Los Chaguaramos, a dos cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. La quinta estaba sola a esa hora. Se otan afuera el canto metalico de algunas chicharras y adcntro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. Y ningun otro ruido. \A calle, corta, era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de los Llanos.
Mcdiaba julio y no llovia. Tampoco habia llovido el afio anterior. Los araguaneyes, las acacias, los caobos de calles y paseos se veian mustios, velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros dcsmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas jue iban removiendo cuadrillas de trabajadores. El calor era insufri* ble; un sol de fuego caia sobre Caracas, tostandola desde Petare hasta Catia.
Regulo Llamozas habia entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salia un nino en bicicleta; tras el, dando saltos, visiblemente alegre, correteaba un cachorro pardo, sin duda con mezcla de perro pastor aleman. Regulo miro al nino y le sorprendio su expresion de vitalidad. Sus pequenos ojos aindiados, negrisimos y vivaces, brillaban con apasionada alegria cuando co- menzo a maniobrar en su bicicleta, huyendo al cachorro que se lanzaba sobre el ladrando. La quinta de la que habia salido el nino no era nada del otro mundo; estaba pintada de azul claro y tenia bien destacado en letras metalieas el nombre de Mercedes. “Mercedes”, se dijo Regulo. “La mama debe llamarse Mercedes”. De pronto cayo en la cuenta de que en toda su familia no habia una mujer con ese nombre. Laura si, y Julia; su propia mujer se llamaba Aurora; la abuela habia tenido un nombre muy bonito; Adela. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. Pronto no habria quien dijera “misias” a las senoras, por lo menos en Caracas. Caracas crecia por horas; habia traspuesto ya el millon de habitantes, se llenaba de edificios altos, tipo Miami, y tambien de italianos, portugueses, canarios.
Una criada salio de la quinta Mercedes. Por el color y por la estampa debia ser de Barlovento. Grito, dirigiendose al nino:
—Pon cuidado a lo carro, que horita llega el doto pa ye a tu aguelo!
Pero el nino ni siquiera levanto la cabeza para oirla. Estaba disfru- tando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro, que no podia haber nada importante para el en ese momento. Pedaleaba con sorprendente rapidez; se inclinaba, giraba en forma vertiginosa. “Ese va a ser un campeon”, penso Regulo. La muchacha grito mas:
—Muchacho el carrizo, atiende a lo que te digo! — Ten cuidao con el carro el doto!
El pequeno ciclista paso como una exhalacion frente a la venta- na de Regulo, pegado a la acera de su lado. Regulo le vio el perfil naciente pero expresivo, coronado con un mechon de negro pelo lacio que le caia sobre las cejas. Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. Era la estampa de la alegria.
Para Regulo Llamozas, un hombre que se jugaba la vida a con- ciencia, ver el espectaculo de ese nino entregado con tal pasion a su juego era un deslumbramiento. Por primera vez en tres meses tenia una emocion desligada de su tarea. A traves del nino la vida se le presentaba en su aspecto mas comun y constante, tal como era ella para la generalidad de las gentes; y eso le producia sensaciones extranas, un tanto perturbadoras. Todavia, sin embargo, no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma.

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