Dos pesos de agua (1942) -6

Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llego hasta el camino real, resono en el techo de yaguas, salto el bohio, empezo a caer en el conuco. Sintiendose arder, Remigia como a la puerta del patio y vio descender, apretados, los hilos gruesos de agua; vio la tierra adormecerse y despedir un vaho espeso. Se tiro afuera, radiosa.
—jYo sabia, yo lo sabia, yo lo sabia! —gritaba a voz en cuello.
—Lloviendo, lloviendo! —clamaba con los brazos tendidos hacia el cielo—. Yo sabia!
De pronto penetro en la casa, tomo al nino, lo apreto contra su pecho, lo alzo, lo mostro a la lluvia.
—Bebe, muchachito; bebe, hijo mio! {Mira agua, mira agua!
Y sacudia al nieto, lo estrujaba; parecia querer meterle dentro el espiritu fresco y disperso del agua.
Mientras afuera bramaba el temporal, sonaba adentro Remigia.
—Ahora —se decia—, en cuanto la tierra se ablande, siembro batata, arroz tresmesino, frijoles y maiz. Todavia me quedan unos cuartitos con que comprar semillas. El muchacho se va a sanar. jLastima que la gente se haya ido! Quisiera verle la cara a Toribio, a ver que pensaria de este aguacero. Tantas rogaciones, y solo me van a aprovechar a mi. Quiza vengan agora, cuando sepan que ya paso el mal de ojo.
El nieto dormia tranquilo. En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y de los rios, empezaba a rodar agua sucia; todavia era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendia pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes multiples del aguacero. Remigia se adormecia y veia su conuco lleno de plantas verdes, lozanas, batidas por la brisa fresca; veia los rincones llenos de dorado maiz, de frijoles sangrientos, de batatas henchidas. El sueno le tomaba pesada la cabeza y afuera seguia bramando la lluvia incansable.
Paso una semana; pasaron diez dias, quince … Zumbaba el agua- cero sin una hora de tregua. Se acabaron el arroz y la manteca; se acabo la sal. Bajo el agua tomo Remigia el camino de Las Cruces para comprar comida. Salio de manana y retomo a medianoche. Los rios, los canos de agua y hasta las lagunas se aduenaban del mundo, borraban los caminos, se metian lentamente entre los conucos.
Una tarde paso un hombre. Montaba mulo pesado.
—Ey, don! — llamo Remigia.
El hombre metio la cabeza del animal por la puerta.
—Bajese pa que se caliente —invito ella.
La montura quedo a la intemperie.
—El cielo se ta cayendo en agua —explico el al rato.
—Yo como uste dejaba este sitio tan bajito y me diba pa las lomas.
—Yo dirme? No, hijo. Horita pasa este tiempo.

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