Dos pesos de agua (1942) -5

En su rincon del Purgatorio, las Animas, metidas de cintura abajo entre his llamas voraces, repasaban cuentas. Vivian consumidas por el fuego, purificandose; y, como burla sangrienta, tenian potestad para desatar la lluvia y llevar el agua a la tierra. Una de ellas, barbuda, dijo:
—Caramba! La vieja Remigia, de Paso Hondo, ha quemado ya dos pesos de velas pidiendo agua!
Las companeras saltaron vociferando:
—Dos esos, dos pesos!
Alguna pregunto:
—Por que no se le ha atendido, como es costumbre?
—Hay que atenderla! —rugio una de ojos impetuosos.
—Hay que atenderla! —gritaron las otras.
Se corrian la voz, se repetian el mandato:
—Hay que mandar agua a Paso Hondo! iDos pesos de agua!
—Dos pesos de agua a Paso Hondo!
—Dos pesos de agua a Paso Hondo!
Todas estan impresionadas, casi fuera de si, porque nunca llego una entrega de agua a tal cantidad; ni siquiera a la mitad, ni aun a la tercera parte. Servian una noche de lluvia por dos centavos de velas, y cierta vez enviaron un diluvio entero por veinte centavos.
—Dos pesos de agua a Paso Hondo! —rugian.
Y todas las Animas del Purgatorio se escandalizaban pensando en el agua que habia que derramar por tanto dinero, mientras ellas ardian metidas en el fuego etemo, esperando que la suprema gracia de Dios las llamara a su lado.
Abajo, en Paso Hondo, se nublo el cielo. Muy de manana Remigia miro hacia oriente y vio una nube negra y fina, tan negra como una clnta dc luto y tan fina como la rabiza de un fuete. Una hora despues inmensas lomas de nubes grises se apelotonaron, empujandose, avan- zando, ascendiendo. Dos horas mas tarde estaba oscuro como si fuera de noche.
Llena de miedo, con temor de que se deshiciera tanta ventura, Remigia callaba y miraba. El nieto seguia en el catre, calenturiento. Estaba flaco, igual que un sonajero de huesos. Los ojos parecian salirle de cuevas.
Arriba estallo un trueno. Remigia corrio a la puerta. Avanzando como caballeria rabiosa, un frente de lluvia venia de las lomas sobre el bohio. Ella sonrio de manera inconsciente; se sujeto las mejillas, abrio desmesuradamente los ojos. Ya estaba lloviendo!

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