Apuntes sobre el arte de escribir cuentos (1958)-2

Fundamentalmente, el estado de animo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentra- cion y trabajo de analisis. A menudo parece mas atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tension como escribir.
El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la tecnica del genero, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa tecnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interes del lector y por tanto sostener sin caidas la tension, la fuerza interior con que el suceso va produciendose. El final sorprendente no es una condicion imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Anton Chejov, que apenas lo usaron. “A la deriva”, de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.
No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto; el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interes el lector esta en manos del cuentista y este no debe soltarlo mas. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducira sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitira el menor desvio. Una sola frase, aun siendo de tres palabras, que no este logica y entranable- mente justificada por ese destino manchara el cuento y le quitara esplendor y fuerza. Kipling refiere que para el era mas importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un bianco, y ya se sabe que la flecha que se desvia no llega al bianco.
La manera natural de comenzar un cuento fine siempre el “habia una vez” o “erase una vez”. Esa corta frase tenia —y tiene aun en la gente del pueblo— un valor de conjuro; ella sola bastaba a despertar el interes de los que rodeaban al relatador de cuentos. Bn su orlgen, el cuento no empezaba con descripciones de paisajes, a menos quc se tratara de un paisaje descrito con escasas palabras para justificar la presencia o la accion del protagonista; comenzaba con este, y pinian- dolo en actividad. Aun hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en accion, fisica o psicol6- gica, pero accion; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.
Saber comenzar un cuento es tan importante como saber termi- narlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde esta el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tension de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda com- prometido consigo mismo a mantener el nivel de su creacion a la altura en que la inicio. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interes del lector. El antiguo “habia una vez” o “erase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros parrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kipling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, que fue quiza el mas consciente de todos ellos en lo que a la tecnica del cuento se refiere.

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