Elsocio (1947) -5

Su hermano era bravo, y en el fondo de su alma, aun en aquel momento, Dionisio se sentia orgulloso dc que fucra asi. Pcro cuando sintio que el otro le golpeaba en la boca hasta sacarle sangrc perdio la nocion de que era su hermano y solo le quedo en el cuerpo una colera sorda. Quiso prenderse con los dientes de un hombro del hermano y hasta penso aprctarlc el cuello hasta ahogarlo. Como no veia ni sentia no se dio cuenta dc que Demctrlo le estaba echando una zancadilla. Oia a la mujer gritar. A toda velocidad, el bohio se clareaba por las rendijas y los pcrros ladraban y german. Su hermano le clavo un codo en la frente y lo fue doblando poeo a poeo. Dionisio perdia el equilibrio. Dc siibito, con un movimiento centelleante, el otro lo solto y lo empujo. Lanzado como una bala, Dionisio cayo sobre una silla y sintio que la espalda le estallaba. Con la mano sobre la boca, la mujer grito mas fiierte. Dionisio quiso levantarse y no pudo. Las cosas empezaban a borrarsele, a irsele de la vista, y una palidez semejante a la de la muerte se extendia a toda carrera por su rostro.
—Lo mataste, Demetrio! —oyo decir a la cuhada.
Con gran trabajo, Dionisio pudo articular dos palabras:
—Es-pi-na-zo ro-to …
A seguidas se desmayo. A la gente del contomo que se aparecio alii en el acto, su cunada le explicaba que Dionisio habia vuelto con animos de matar a don Anselmo, pero que se enredo en discusion con su hermano …
—… y ya ven el resultado — terminaba ella.
Tras oirla y meditar un momento, Jacinto Flores comentp, atre- viendose apenas a levantar la voz:
—Y en este lio no andara metio el Socio?
Anastasio Rosado abrio los ojos, muy asustado.
—Jum … Pa mi que asina es.
—Si, fue el Socio, como en lo del Negro Manzueta! —exclamo una mujer.
—El Socio, fue el Socio! —repitio, de bohio en bohio, la voz del campo.
De bohio en bohio esa voz corrio como el viento hasta llegar a La Gina. Ahogandose de miedo, Lucinda entro en el aposento de su padre. —Jste lo ve, taita; uste ve que lo del Socio no es juego?
El viejo Adan Matias lanzo un bufido y clavo la mirada en su hija. —que me importa a mi, concho? Lo que tenga otro hombre lo puedo tener yo!
La hija se escabullo y estaba en la codna encomendandoles a los santos la vida de su padre, cuando entro este.
—Me dijo uste que fue en la Loma del Puerco donde se vio con el Socio? —Elio a, taita; asina me lo dijeron.
—Bueno, ta bucno. Pero no me liable Uork|ueando! Alevanle la cabeza y digame: fue la vieja Tercncia, dijo uste, la que arreglo cl asunto?
—Si, taita la vieja Terencia, pero ella dique se murio cuando la virgiiela.
—Mejor que se haiga muerto pa que sean menos los sinvergiien- zas. Pero alguno de su familia debe saber del asunto, no le parece?
—Dicen que dique una hija; yo no puedo asegurarlo.
—Bueno, si no puede asegurarlo, no hable. Acabe ese sancocho y callese. Me tiene jarto uste con su lloriqueo.
El viejo Adan Matias volvio a meterse en el cuarto, a dar paseos y a querer tumbarse el pelo a manotazos. Flaco, rojo, incansable, la hija lo veia ir y volver y sentia tristeza. El viejo se tomo su caldo soplando, pero todavia no habia acabado cuando se puso de pie, entro en su habitation y salio con su machete mediacinta en la cintura. Al verle los ojos, Lucinda se asusto.

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